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1 set. 2007

Ripley: Pague pues! Por Susana Frisancho

Esta semana intenté pagar una consulta médica con mi tarjeta Ripley, pero el sistema me negó la transacción porque –así decía ese papelito que sale por el terminal- mi tarjeta no tenía fondos. No podía ser. Casi nunca uso esa tarjeta y cuando lo hago, pago el total de lo consumido puntualmente. Al volver a casa llamé a Ripley para hacer la consulta y allí me enteré de que la tarjeta estaba anulada porque desde Julio tenía yo una deuda de…. 20 céntimos! Lo primero que pensé, luego de controlar mi rabia, fue: ¿cómo puede una empresa meter en el mismo saco a clientes habitualmente morosos, o morosos de grandes sumas, con clientes impecables que pagan lo que consumen a tiempo y que, una vez en la vida, hacen mal sus cálculos y se olvidan de abonar 20 centavos? Ni una llamada de aviso, ni una notificación… nada. Sólo la tarjeta cancelada. Molesta, fui a la tienda a reclamar, pero allí me esperaba algo mayor: en primer lugar, mi tarjeta estaba vencida (nadie me había notificado de ello y yo no me había dado cuenta), y por lo tanto la máquina que da el ticket de atención no me reconocía como cliente. Reclamé por eso: me llaman constantemente como cliente que soy para ofrecerme el oro y el moro, y me dejan usar la tarjeta en tienda cada que deseo comprar algo, pero para atender mi reclamo ahí sí yo no era cliente. Pero nada… la señorita que me atendió –cero juicio crítico ella- simplemente me dijo que así era el sistema y que yo tenía que esperar. Cuando me acerqué al mostrador a exponer el problema de los 20 centavos, el empleado de turno, luego de escucharme desganado, me dio la solución: pague pues!. Y cambie su tarjeta… Reclamé por el maltrato de tener la tarjeta cancelada por una primera y única deuda de 20 centavos, pero en su cabecita de concreto no entraban balas: “así es el sistema”, repetía. Intenté explicarle que el sistema debía estar hecho para las personas y no las personas para el sistema, que una empresa no tenía ningún derecho de tratar de esa manera a la gente, que el sistema era una creación humana y que podía y debía perfeccionarse, pero creo que fue demasiado para él: me miró entre aburrido y sorprendido y me dijo nuevamente: “así es el sistema, ya está programado así”.
Terrible por ambos lados… por una empresa repugnante que trata a las personas como si fueran cosas, y por esas personas sin capacidad para cuestionar el mundo en el que viven.

Nota: Este artículo (algo editado) salió publicado en La República del día Viernes 31 de Agosto. El enlace aquí

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