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20 dic. 2007

Borges, los judíos y la escritura de Dios Por Daniel Salas

Una discusión tal vez inútil me ha desviado de un tema que quería desarrollar a partir de los últimos posts de Jeffrey y Saki. Sin embargo, me he dado cuenta de que, con todo, hay una relación con la polémica surgida en el blog de Fantomas. Me refiero a ciertos aspectos poco claros de la reseña de Marco García Falcón al libro de Alexis Iparraguirre y que motivó algunos comentarios que podrían ser productivos.

Si, como lo recuerda Jeffrey, los diccionarios españoles han permitido por tanto tiempo una acepción denigratoria a la palabra "judío" debe de haber sido, entre otras cosas, porque no había judíos en la academia española. Esto no se debe a ninguna incapacidad de los judíos para la filología, sino a que en 1492 los reyes católicos los expulsaron. Es imposible de calcular las pérdidas sociales e intelectuales que tuvo esta brutal medida, tomada por una reina que algunos quieren canonizar. Las políticas de limpieza étnica continuaron hasta 1609, con la expulsión de los moriscos por orden de Felipe III. Los moriscos eran cristianos descendientes de musulmanes, a quienes se les había prohibido hablar su lengua y practicar sus costumbres. Estas y otras atrocidades se hicieron en nombre de "la defensa de la fe".

El llamado "problema judío" tiene varias aristas: económicas, políticas y teológicas. Aquí quiero enfocarme en la cuestión teológica y, para mí mucho más interesante, en la cuestión borgiana. Hay que aclarar que Borges, por más que se afanó en buscar antepasados judíos en su genealogía, no logró hallarlos. Sin embargo, como sabemos, su literatura está atravesada de judaísmo y no por una cuestión de simple amistad. Paso a explicar.

Para el cristianismo tradicional, los judíos fueron testigos de los milagros de Jesús y, a pesar de eso, negaron su divinidad. El judío es una evidencia de que se puede negar la verdad, la verdad establecida por la autoridad estatal, ciertamente y esto puede explicar las ansiedades que causaban en los reinos cristianos. Además, es innegable el conocimiento escrupuloso de los judíos del Libro. Para los teólogos cristianos, esta era una competencia intolerable. Por ello la "perversidad" del judío está fuertemente asociada a su manera de leer: el judío es un lector "carnal", apegado a la letra, que se resiste a comprender las interpretaciones alegóricas que justifican el cristianismo dentro del plan divino. Ya el apóstol Pablo decía "la letra mata, pero el espíritu da vida". Esta idea de la "muerte por la letra" es un motivo recurrente en textos antisemitas de la Edad Media española, como el Auto de los Reyes Magos.

En la lectura se halla una de las claves de la fascinación de Borges por los judíos: el cabalista es como un lector obsesionado no solamente con cada significado de cada sentencia, sino con cada palabra, con cada letra, con cada número, con cada combinación. Esta forma de leer es exactamente la opuesta a la del lector alegórico uno de cuyos avatares es, precisamente, el lector cristiano: para éste, el mundo externo se acomoda a libro y permite su inteligibilidad (de allí la alegoría); para el cabalista, el libro es el mundo y la interpretación se encierra en él. El cabalista interpreta el libro como un universo de signos en el que cada elemento posee significado y el todo mismo un sentido al que hay que llegar a través de un proceso de ascesis. En el mundo borgiano y en el kafkiano, esta revelación nunca se produce o, si se produce, queda como un asunto absolutamente personal e incomunicable.

Quienes han estado prestando atención a las últimas polémicas surgidas en este y en otros blogs entenderán la relación. Cuando se afilia una escritura a la vertiente de Borges y Kafka se está haciendo referencia a este universo que es un universo textual, en donde el realismo no cabe porque no hay distinción entre texto y mundo. O, en todo caso, en donde el modelo de mundo es el modelo del libro, pero un libro cuyo Sentido puede ser intuido pero nunca definido. La lectura no es alegórica porque la alegoría satisfaría finalmente la interpretación, con lo cual el mundo y su representación tendrían finalmente un significado. En el mundo medieval, recordemos, incluso cada uno de los objetos de la naturaleza quería significar algo, es decir, era a su vez la representación de un vicio o de una virtud. Y en la escritura ello se refleja cuando cada elemento posee una correspondencia. Pero ¿qué pasa cuando no hallamos estas correspondencias? ¿Qué pasa cuando un castillo es un castillo, un juez es un juez y no hay conexiones que permitan integrarlos a una idea del todo? En eso consiste la oscuridad y la angustia de la escritura de Borges y de Kafka: en la intuición de que aunque los fragmentos parecen decirnos algo sobre el sentido, éste no es sino una ilusión de las formas.

Para el nazi y para el reaccionario, esta es una intuición intolerable: la historia, la naturaleza, la ciencia se refieren coherentemente a un cosmos. La destrucción del judaísmo tiene que ver con la eliminación de esta ansiedad. El “arte degenerado” es el arte que no se complace en las correspondencia, en la armonía o la perfección y por ello emblematiza aquello que el nazi ve como una enfermedad del espíritu.

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