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10 mar. 2008

Ardito escribe Por Fredy Roncalla

Antes que nada me alegra mucho que Leonal haya calmado a los tigres y que se haya haya disipado el paqpaku de la guerra.

Reproduzco, con la autorizacion del autor, la ultima reflexion peruana de Wilfredo Ardito:


¿POR QUÉ NO TE FIJAS?
Wilfredo Ardito Vega

Ovalo de Miraflores, esquina de Saga Falabella, seis de la tarde. Una multitud, de la que formo parte, espera ansiosa cruzar la avenida Pardo. Por fin, en la pantalla del semáforo aparece el hombrecito verde. La gente comienza a caminar apresurada.. . y en ese momento siento un golpe fuerte en mi hombro.
Volteo y veo a un corpulento turista extranjero, mucho más alto que yo.

Mientras, para mis adentros, lamento la buena alimentación que existe en otros países, exclamo:

-Sorry! -, en el mismo momento en que él dice esa palabra.

Durante mis años en Inglaterra, veía cómo cuando dos personas chocaban involuntariamente en una tienda, una concurrida calle comercial o los pasadizos del metro bastaba un oportuno sorry para disolver cualquier tensión. Normalmente, el sorry venía acompañado de una sonrisa y normalmente era recíproco, tras lo cual, los involucrados siguieran su vida como si nada hubiera pasado.

En cambio, los peruanos tenemos serias dificultades para manejar estos problemas cotidianos: con mucha frecuencia se convierten en conflictos agobiantes que comienzan porque ninguna de las partes involucradas considera que deba existir alguna razón para disculparse, ni siquiera por cortesía o por el deseo de tener una jornada pacífica.

Muchas veces, para el involuntario agresor resulta inútil disculparse, porque la supuesta víctima igualmente estalla en improperios, de los cuales el más suave es:

-¿Por qué no te fijas, descuidado?

A mí me parece bastante descabellado insultar a una persona por algo que no tuvo la intención de realizar. Pero, además, la rapidez y el entusiasmo con que se procede a la ofensa reflejan que existe hay cierta satisfacción en humillar públicamente a un desconocido. De hecho, hay quienes se jactan después de "haber puesto en su sitio" a un peatón o conductor descuidado.

Entre automovilistas, a veces no es necesario decir una palabra para reprender a otro: cuando un vehículo se queda detenido por alguna avería en plena pista, otros conductores comienzan a tocar el claxon con vehemencia, para presionar al conductor, como si estuviera actuando por un capricho o por maldad.

Si analizamos más profundamente esta propensión a reacciones matonescas, encontraremos que muchos peruanos no sienten mayores obligaciones morales hacia los desconocidos y cuando se sienten agredidos, creen legítimo agredir. A ello se une el hecho que muchas personas parecen creer que sólo se puede obtener un trato adecuado actuando con prepotencia.

Finalmente, tenemos que normalmente estos estallidos de violencia verbal se dirigen hacia quien pertenece a una inferior condición social, como se aprecia por el empleo del tú con la mayor altivez. Igualmente, se aprovecha la ocasión para otras expresiones discriminatorias: "¡Mujer tenías que ser!", "¡Serrano, no sabes manejar!" y otros ejemplos que los lectores habrán escuchado (y espero que no hayan dicho).

Vivir en una ciudad de ocho millones de habitantes (o de ocho mil) implica aceptar que éstos poseen defectos y virtudes, como cualquiera de nosotros. Resulta algo inmaduro asumir que "los demás" son siempre seres agresivos y malintencionados. Además, es un buen camino para ser infelic y resulta nocivo para la convivencia social.

En las últimas semanas, por ejemplo, cada vez más choferes de las combis que recorren Javier Prado y Arequipa se están deteniendo solamente en los paraderos establecidos. Esta actitud, que en otro país sería normal, genera reacciones furibundas de algunos pasajeros, que lo atribuyen a mala intención.
-¡Ladrón, devuélveme mi plata! –decía una espigada joven obligada a caminar una cuadra.

Frente a este panorama, llaman la atención aquellos espacios donde los peruanos abandonan sus actitudes defensivas y mantienen relaciones armoniosas con personas que no conocen.

-Tú entras a Wong –me comenta un antiguo colega economista– y es como si todos se amoldaran a otro patrón de comportamiento: nadie grita, nadie se molesta, nadie dice lisuras. Después salen de la tienda y vuelven a su comportamiento habitual.

Acaso, el cliente de Wong ha aprendido a percibir como "su igual" a los demás clientes y al mismo tiempo, quiere ser percibido por ellos como una persona amable. De esta manera, funciona una especie de control social, similar al que existe en una iglesia o una comunidad campesina.

Aprender a percibir como igual a las demás personas, sea quien sea, y a valorar la imagen que tiene de nosotros, son dos requisitos para establecer una mejor convivencia ciudadana.

Una vez que los hemos incorporado a nuestra mente, será más difícil caer en conflictos desgastantes: preferiremos aceptar que el otro conductor hizo una mala maniobra por nerviosismo, que la cajera se equivocó en el vuelto porque tenía muchas cosas en la cabeza o que quien nos dio un empujón era simplemente un turista distraido.

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