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Gran acontecimiento: REM en LimaDaniel Salas

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12 set. 2008

Mercado y contracultura Por Jorge Frisancho

Unos días atrás, aquí mismo en el GCC, Daniel Salas posteó una nota sobre la visita de REM a Lima. Hubo muchos comentarios y se produjo una conversación animada e interesante. Como suele ocurrirme, llegué tarde. Recién ahora me pongo al día y se me hace mejor postear por separado que seguir comentando en la cadena.

Quiero concentrarme en dos de las ideas propuestas por Daniel. Ambas me parecen confusas y equívocas. La primera es esta: “el desarrollo económico y los derechos de autor garantizan que los productos culturales alternativos y excelentes se mantengan vivos y tengan un espacio asegurado en el mercado: por un lado, los consumidores tienen acceso a ellos; por otro, los productores pueden vivir de su trabajo y continuar en su lucha contracultural.”

Aquí me parece que Daniel está colapsando dos categorías que debieran mantenerse separadas y discretas: lo “alternativo” y lo “contracultural”. Es verdad que grupos musicales como REM (y The Jesus & Mary Chain, que también llega a Lima) mantienen un cierto nivel de crítica, en general expresada en términos algo vagos en contra del “sistema” o del estado general de las cosas, y en ocasiones en términos más concretos, contra políticas específicas. Esto quizás los hace “alternativos” en un sentido bastante general, pero no los hace contraculturales.

Pongamos como premisa que la cultura de la que estamos hablando es la cultura del mercado expansivo, aquello que se entiende como globalización. En ese contexto, el objeto contracultural sería ése que se desconecta —o intenta hacerlo— de las relaciones comerciales, forjándose una existencia distinta de la de la mercancía. Críticos o no, alternativos o no, grupos musicales como REM y TJ&MC son esencialmente productores de mercancías, y sus objetos son esencialmente objetos de consumo. En esa medida, el potencial contracultural de su trabajo es nulo.

El tema aquí es que lo que determina el carácter de la mercancía, y en consecuencia el de la cultura que se desprende de ella, son sus aspectos formales, no —en el caso de objetos comunicacionales— lo que la mercancía misma “dice”. Lo que la contracultura debe quebrar para ser tal es la cadena de la forma-mercancía, no la cadena de tales o cuales contenidos ideológicos o discursivos expresados necesariamente en el espacio del mercado. En otras palabras, para que un objeto (una canción, digamos) funcione como contracultura, no importa tanto lo que digan sus letras o lo que haga la estructura de su composición —cosas que pueden ser muy “revolucionarias”—, sino la manera en que se inscribe o deja de hacerlo en el aparato del comercio.

Ahí, creo yo, reside una de las maravillas del capitalismo, en lo que a la producción cultural o discursiva se refiere: la amplísima capacidad de adaptación y la enorme flexibilidad de la forma-mercancía en cuanto a sus contenidos específicos, que pueden incorporar lo que sea, desde (para seguir con la música) una sinfonía clásica hasta el más furioso hardcore, pasando por la canción protesta o el huayno, sin alterar su carácter esencial, y sin poner en riesgo la continuidad de aquello que es la piedra angular de la hegemonía. Es decir, el mercado como espacio excluyente de la actividad cultural.

Y ojo que este no es un juicio de valor: no le estoy pidiendo a REM ni a nadie que se desvincule del mercado y empiece a regalar sus discos, ni estoy diciendo que su música es “mala” (de hecho, creo que es de primera, y soy un satisfecho consumidor de sus productos). Pero sí estoy diciendo, al contrario de Daniel, que no se trata de contracultura ni nada por el estilo.

Dice también Daniel: “Las políticas antiliberales nos empobrecen y, por tanto, nos aíslan, reducen la demanda cultural y la oferta se termina restringiendo a los productos comercialmente menos riesgosos y, normalmente, más idiotizantes. Las políticas liberales, en cambio, nos enriquecen y permiten que la demanda cultural de calidad se amplíe.”

Esto puede ser refutado empíricamente. Por ejemplo, entre 1985 y 1990, en Lima, vi conciertos de Soda Stereo, Violadores, Pablo Milanés, Los Prisioneros, Fito Páez, Alberto Cortez, Mercedes Sosa, Charly García, Grupo Niche, Fruko y sus Tesos, Irakere, Dizzy Gillespie, Aterciopelados; asistí a lecturas de Lihn, Galeano, Cardenal, Fernández Retamar, Adoum; vi montajes de La Candelaria de Colombia y Teatro Negro de Praga. Y eso que salía poco y tenía poca plata. El asunto es que la oferta cultural internacional no era menor entonces —los años muy poco liberales del primer gobierno aprista—, aunque es verdad que no llegaban las que Daniel llama “superbandas”.

Más aún, mucha de esta oferta venía promocionada y subvencionada por el estado, como parte de una política cultural que por alguna razón incluía grandes eventos de intercambio latinoamericano. En otras palabras, la cantidad y calidad de la oferta cultural no tiene nada que ver con el grado de liberalismo de la política cultural o económica. Quizá a uno le parezca que el estado no debe intervenir en estas cosas, que es mejor dejárselas al mercado, pero ese ya es otro asunto.

Lo que el mercado sí hace es que la oferta cultural se amplíe en una sola dirección: hacia aquello que “vende”, que tiene posibilidades de consumo relativamente masivo. Y en esa medida, no nos enriquece, sino todo lo contrario: habrá más mercancías culturales para consumir, pero se tratará de mercancías, en el fondo, poco diferenciadas entre sí.

Para que se entienda de qué estoy hablando, imaginemos una situación muy parecida: un producto cultural anglosajón, de alta calidad técnica y muy buena recepción crítica en su terreno de origen, propuesto para su consumo en Lima. Pero cambiemos los nombres y los géneros. En vez de REM y TJ&MC, digamos que se trata de Paul Muldoon y C.K. Williams.

La idea es irrisoria. Muldoon y Williams son dos de los mejores poetas contemporáneos en lengua inglesa, ampliamente reconocidos, publicados, y premiados. Pero, fuera del estrecho mercado para su arte, no “venden”. Por esa razón, nadie que esté a la busca de réditos los va a llevar nunca al Perú ni a ninguna otra parte de América Latina. (A ambos, sin embargo, se les escuchó en los dos más recientes Chilepoesía, en Santiago —un evento sin fines de lucro financiado en parte con dinero del estado.)

En otras palabras, las “políticas liberales” dejan por necesidad enormes huecos en la oferta cultural, huecos que sólo pueden ser subsanados con iniciativas “iliberales”, como la subvención pública o la organización privada no lucrativa.

Y eso en términos de aquello que ya existe como objeto de consumo posible, aunque no haya un mercado suficientemente amplio para su distribución. Muchos más productos culturales simplemente desaparecen porque no llegan nunca a ese estadio siquiera —películas que no se filman, libros que no se escriben o no se publican, bandas que se disuelven—, incapaces de competir con lo que ya está establecido en el espacio comercial. Y muchos productos más ni siquiera contienen el potencial de comercialización, ya sea por diseño o por naturaleza; para ellos, ningún espacio existe, porque ningún espacio existe que no sea el del mercado.

Que esta situación sea deplorable o saludable, que las cosas deban ser así o deban ser de otra manera, es una discusión distinta. Pero decir que las políticas liberales enriquecen necesariamente la actividad cultural es, me parece, erróneo.

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