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15 set. 2008

Quema de libros. Perú 67 Por Andrea Naranjo Gamarra

Quema de libros. Perú67 así se tituta el libro publicado por Juan Mejía Baca en 1980, muy bien documentado, el cual trata sobre la quema de libros en Perú en el primer Gobierno de Belaúnde, quema de libros decretada, al parecer, por el otrora presidente del Tribunal Constitucional y magistrado Javier Alva Orlandini Alva.
No traje conmigo el libro de Mejía Baca sobre la quema de libros, el cual encontré en el año 2004, pero encontré dos post donde se habla de ello.

Reproduzco parte del post de Ahora ...y en la historia

"En setiembre de 1960 se dieron algunas Resoluciones Supremas referentes a la censura de libros. Se temía sobre todo a los libros provenientes del extranjero que pudieran tener un contenido político de izquierda. Como medida de fuerza se autorizó la quema pública de libros, cual historia medieval de brujas y herejes; así el primer gobierno de Belaunde se constituyó en un moderno Tribunal de la Santa Inquisición.

El 25 de julio de 1967 salió publicado en La Prensa una denuncia que realizó un importante impresor peruano, Juan Mejía Baca, contra el gobierno de turno por tales hechos, pero él no fue el único. Un año después, en 1968, dentro de un sentimiento adverso por tales eventos, el 11 de mayo se decretó la Resolución Suprema N° 0191-68-GP/60 que dejaba sin efecto las resoluciones anteriores sobre la censura de libros."
Y aquí parte del post de No me leas, escúchame
"En forma abierta, o con modales más o menos delicados, la censura siempre ha existido en el Perú. Durante el régimen dictatorial del general Odría los funcionarios de aduanas disponían de un listado en que figuraban nombres de autores cuyas publicaciones estaban prohibidas de ingresar al país. Los ciudadanos peruanos no podíamos viajar a determinados países, pues en los pasaportes figuraba un sello que indicaba esa limitación.(...) El librero y editor Juan Mejía Baca denunció la quema de libros ordenada por un ministro (Alva Orlandini) de Gobierno."

¿Por qué nunca hablamos de este hecho? Si alguien tuviera más información sería interesante compartirla.

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12 set. 2008

Mercado y contracultura Por Jorge Frisancho

Unos días atrás, aquí mismo en el GCC, Daniel Salas posteó una nota sobre la visita de REM a Lima. Hubo muchos comentarios y se produjo una conversación animada e interesante. Como suele ocurrirme, llegué tarde. Recién ahora me pongo al día y se me hace mejor postear por separado que seguir comentando en la cadena.

Quiero concentrarme en dos de las ideas propuestas por Daniel. Ambas me parecen confusas y equívocas. La primera es esta: “el desarrollo económico y los derechos de autor garantizan que los productos culturales alternativos y excelentes se mantengan vivos y tengan un espacio asegurado en el mercado: por un lado, los consumidores tienen acceso a ellos; por otro, los productores pueden vivir de su trabajo y continuar en su lucha contracultural.”

Aquí me parece que Daniel está colapsando dos categorías que debieran mantenerse separadas y discretas: lo “alternativo” y lo “contracultural”. Es verdad que grupos musicales como REM (y The Jesus & Mary Chain, que también llega a Lima) mantienen un cierto nivel de crítica, en general expresada en términos algo vagos en contra del “sistema” o del estado general de las cosas, y en ocasiones en términos más concretos, contra políticas específicas. Esto quizás los hace “alternativos” en un sentido bastante general, pero no los hace contraculturales.

Pongamos como premisa que la cultura de la que estamos hablando es la cultura del mercado expansivo, aquello que se entiende como globalización. En ese contexto, el objeto contracultural sería ése que se desconecta —o intenta hacerlo— de las relaciones comerciales, forjándose una existencia distinta de la de la mercancía. Críticos o no, alternativos o no, grupos musicales como REM y TJ&MC son esencialmente productores de mercancías, y sus objetos son esencialmente objetos de consumo. En esa medida, el potencial contracultural de su trabajo es nulo.

El tema aquí es que lo que determina el carácter de la mercancía, y en consecuencia el de la cultura que se desprende de ella, son sus aspectos formales, no —en el caso de objetos comunicacionales— lo que la mercancía misma “dice”. Lo que la contracultura debe quebrar para ser tal es la cadena de la forma-mercancía, no la cadena de tales o cuales contenidos ideológicos o discursivos expresados necesariamente en el espacio del mercado. En otras palabras, para que un objeto (una canción, digamos) funcione como contracultura, no importa tanto lo que digan sus letras o lo que haga la estructura de su composición —cosas que pueden ser muy “revolucionarias”—, sino la manera en que se inscribe o deja de hacerlo en el aparato del comercio.

Ahí, creo yo, reside una de las maravillas del capitalismo, en lo que a la producción cultural o discursiva se refiere: la amplísima capacidad de adaptación y la enorme flexibilidad de la forma-mercancía en cuanto a sus contenidos específicos, que pueden incorporar lo que sea, desde (para seguir con la música) una sinfonía clásica hasta el más furioso hardcore, pasando por la canción protesta o el huayno, sin alterar su carácter esencial, y sin poner en riesgo la continuidad de aquello que es la piedra angular de la hegemonía. Es decir, el mercado como espacio excluyente de la actividad cultural.

Y ojo que este no es un juicio de valor: no le estoy pidiendo a REM ni a nadie que se desvincule del mercado y empiece a regalar sus discos, ni estoy diciendo que su música es “mala” (de hecho, creo que es de primera, y soy un satisfecho consumidor de sus productos). Pero sí estoy diciendo, al contrario de Daniel, que no se trata de contracultura ni nada por el estilo.

Dice también Daniel: “Las políticas antiliberales nos empobrecen y, por tanto, nos aíslan, reducen la demanda cultural y la oferta se termina restringiendo a los productos comercialmente menos riesgosos y, normalmente, más idiotizantes. Las políticas liberales, en cambio, nos enriquecen y permiten que la demanda cultural de calidad se amplíe.”

Esto puede ser refutado empíricamente. Por ejemplo, entre 1985 y 1990, en Lima, vi conciertos de Soda Stereo, Violadores, Pablo Milanés, Los Prisioneros, Fito Páez, Alberto Cortez, Mercedes Sosa, Charly García, Grupo Niche, Fruko y sus Tesos, Irakere, Dizzy Gillespie, Aterciopelados; asistí a lecturas de Lihn, Galeano, Cardenal, Fernández Retamar, Adoum; vi montajes de La Candelaria de Colombia y Teatro Negro de Praga. Y eso que salía poco y tenía poca plata. El asunto es que la oferta cultural internacional no era menor entonces —los años muy poco liberales del primer gobierno aprista—, aunque es verdad que no llegaban las que Daniel llama “superbandas”.

Más aún, mucha de esta oferta venía promocionada y subvencionada por el estado, como parte de una política cultural que por alguna razón incluía grandes eventos de intercambio latinoamericano. En otras palabras, la cantidad y calidad de la oferta cultural no tiene nada que ver con el grado de liberalismo de la política cultural o económica. Quizá a uno le parezca que el estado no debe intervenir en estas cosas, que es mejor dejárselas al mercado, pero ese ya es otro asunto.

Lo que el mercado sí hace es que la oferta cultural se amplíe en una sola dirección: hacia aquello que “vende”, que tiene posibilidades de consumo relativamente masivo. Y en esa medida, no nos enriquece, sino todo lo contrario: habrá más mercancías culturales para consumir, pero se tratará de mercancías, en el fondo, poco diferenciadas entre sí.

Para que se entienda de qué estoy hablando, imaginemos una situación muy parecida: un producto cultural anglosajón, de alta calidad técnica y muy buena recepción crítica en su terreno de origen, propuesto para su consumo en Lima. Pero cambiemos los nombres y los géneros. En vez de REM y TJ&MC, digamos que se trata de Paul Muldoon y C.K. Williams.

La idea es irrisoria. Muldoon y Williams son dos de los mejores poetas contemporáneos en lengua inglesa, ampliamente reconocidos, publicados, y premiados. Pero, fuera del estrecho mercado para su arte, no “venden”. Por esa razón, nadie que esté a la busca de réditos los va a llevar nunca al Perú ni a ninguna otra parte de América Latina. (A ambos, sin embargo, se les escuchó en los dos más recientes Chilepoesía, en Santiago —un evento sin fines de lucro financiado en parte con dinero del estado.)

En otras palabras, las “políticas liberales” dejan por necesidad enormes huecos en la oferta cultural, huecos que sólo pueden ser subsanados con iniciativas “iliberales”, como la subvención pública o la organización privada no lucrativa.

Y eso en términos de aquello que ya existe como objeto de consumo posible, aunque no haya un mercado suficientemente amplio para su distribución. Muchos más productos culturales simplemente desaparecen porque no llegan nunca a ese estadio siquiera —películas que no se filman, libros que no se escriben o no se publican, bandas que se disuelven—, incapaces de competir con lo que ya está establecido en el espacio comercial. Y muchos productos más ni siquiera contienen el potencial de comercialización, ya sea por diseño o por naturaleza; para ellos, ningún espacio existe, porque ningún espacio existe que no sea el del mercado.

Que esta situación sea deplorable o saludable, que las cosas deban ser así o deban ser de otra manera, es una discusión distinta. Pero decir que las políticas liberales enriquecen necesariamente la actividad cultural es, me parece, erróneo.

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15 ago. 2008

Olímpiadas, sindicatos y socialismo en China Por Carlos Mejía

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25 jul. 2008

El peso de los institutos en la creación cultural peruana Por Silvio Rendon

Imaginemos que un buen día dejan de existir los siguientes institutos:

¿Cuánto caería la actividad cultural local?

En otras palabras, ¿cuán importantes son los institutos extranjeros en la actividad cultural limeña? (1) Mi impresión de hace década y media es que son muy importantes. Me gustaría enterarme que esta situación ha cambiado.

En otros países los institutos extranjeros, además de la enseñanza de idiomas, cumplen una labor de difusión de la cultura de su país de origen. Vinculados a sus embajadas son una especie de embajada cultural. El grueso de la actividad cultural local, sin embargo, la realizan instituciones propias, nacionales, más públicas que privadas.

En cambio en Lima, dada las limitaciones de las instituciones nacionales, la función de los institutos es mucho mayor que presentar creaciones de afuera y enseñar idiomas. Sirven también de apoyo a la difusión de las propias creaciones nacionales, además, de ofrecer infraestructuras como bibliotecas, videotecas, galerías, auditorios, etc. En suma, son estados extranjeros, al parecer más que el peruano, los que juegan un rol muy activo en el impulso a la actividad creativa en nuestro país.
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(1) Se puede hacer esta misma pregunta en los lugares del Perú que cuentan con filiales de estos institutos.

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10 jul. 2007

¿Acceso a la cultura o discriminación? Por Susana Frisancho

He leído ayer (Lunes 9 de Julio) esta columna de Alfredo Bullard en Peru21:

Maravilla discriminadora
¡Qué bueno! Machu Picchu es una de las 7 maravillas del mundo. Podemos estar más orgullosos al invitar al resto del mundo a que la conozcan. Pero ¡qué pena!, cuando vengan a conocer Machu Picchu, los discriminaremos. Igualito a como si una discoteca cobrara el doble a una persona solo por ser de raza negra o mestiza, las autoridades cobran el doble a los extranjeros que visitan Machu Picchu. Tratar a los seres humanos diferente solo porque nacieron en algún lugar o pertenecen a un género o raza debe asquearnos por igual. Lo que se hace con Machu Picchu, además de inconstitucional, es indigno. Ni Machu Picchu, ni el Perú, merecen ser identificados como discriminadores. Finalmente, es un orgullo de toda la humanidad y no solo de los peruanos. La falta de humanidad de unos funcionarios no puede generarnos vergüenza a todos. Y si queremos ser sinceros, promocionemos el santuarios diciendo "Venga a conocer una discriminadora maravilla del mundo".

¿Qué le pasa a este señor? Me parece muy ligera su afirmación y me gustaría que los economistas den su opinión. Toda la vida, a cuanto sitio he ido, me han cobrado más en todo por ser extranjera. Hace dos días que acabo de llegar de México, a donde fuí a ver una presentación folklórica en el Palacio de las Bellas Artes, por la que tuve que pagar más del doble de lo que se cobra a las "familias mexicanas", simplemente por ser extranjera. Y no me valió ni mi carnet de docente (que me sirvió en otros lados para acceder a descuentos, como en la casa de Frida Kahlo) ni el hecho de ser latinoamericana para acceder al precio que pagaban los nacionales. Nada, el descuento era para los mexicanos, y solo para ellos, y me parece bien que se fomente de esta manera el acceso de las personas del propio país a las actividades culturales. Quizá sí resultaría razonable hacer algún tipo de diferencia a favor de aquellos extranjeros que vienen de Latinoamerica o de regiones poco favorecidas (tal como se hace en los congresos académicos, en los cuales se les suele cobrar menos a los participantes de países en desarrollo, por ejemplo, a los que vienen de Africa), y considero adecuado cobrar menos a los docentes que en general, y en todo el mundo, tiene sueldos bastante más bajos que los de otros profesionales (y me incluyo en esto, pues a los docentes universitarios tambien se nos paga mal), pero la verdad es que la opinión del señor Bullard me parece descabellada. La discriminación que se hace no es simplemente por el lugar de nacimiento, como él intenta hacer ver, sino por la capacidad adquisitiva, y es una discriminación positiva que intenta suplir en algo las diferencias económicas entre las poblaciones y reconocer el derecho de los nacionales de pocos recursos a disfrutar del patrimonio cultural de su país. Es mi opinión. Que hablen ahora los economistas.

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4 jun. 2007

Libertad y barbarie Por Daniel Salas

Quiero destacar la excelente columna de Mario Vargas Llosa, campeón de la libertad, en torno a la cultura del espectáculo.

Es difícil agregar algo a la elocuencia y la razón que demuestra aquí nuestro más apreciado escritor. Pero me atrevo a decir que el asunto se puede resumir de esta manera: las sociedades abiertas modernas nos ofrecen muchas posibilidades y, por ello, mismo, los dilemas éticos se hacen más complejos para todo aquel que no quiera perder su individualidad ni renunciar a su responsabilidad.

En fin, espero que esta columna ayude a entender los dilemas de la libertad.

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