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6 set. 2008

Velasco: el golpe que la embajada americana no impidió Por Silvio Rendon

A cuarenta años del golpe de Velasco, y sesenta del de Odría, no está mal echarle una mirada histórica al asunto. En las memorias del ex-embajador americano Frank Ortiz, contenidas en este libro, nos enteramos de algunos detalles interesantes.

En el capítulo 9 titulado "A bizarre accusation" nos cuenta sobre Fernando Belaúnde, a quien describe positivamente, pero como un extraño personaje. Entonces Ortiz tenía un cargo relativamente junior en la embajada americana. Cuenta cómo una vez lo presentó a un grupo de senadores americanos y éste les mostró un mapa con su proyecto de la marginal de la selva. Los senadores se quedaron impresionados con el gran proyecto, pero uno le preguntó si tenía el dinero para tal obra. Belaúnde les respondió:
"Usted sabe que los incas no tenían dinero. Ni siquiera tenían el concepto del dinero y mire lo que lograron. Yo ni pienso en el dinero. Simplemente lo voy a hacer".
Esto fue por el año 1967. Sergún Ortiz, Belaúnde era muy inocente, pero una persona buena y constructiva, con las mejores intenciones para el país y además un gran admirador de los EEUU donde fue un profesor universitario.

En el año 1968, cuenta Ortiz, había rumores en Lima que elementos de la oposición estaban planificando un golpe militar. Esto le preocupó a Ortiz porque Belaúnde era un demócrata, muy honesto, un visionario y un amigo. Ortiz se enteró que un grupo de los que preparaban el golpe se reunían frecuentemente en el Hipódromo de Monterrico. Para conocerlos, comenzó a frecuentar el hipódromo. En una de sus visitas, dos hombres lo llamaron. Uno de ellos, Enrique León Velarde, "un demagogo alcalde de San Martín de Porres", era muy peligroso. El otro, "tipo guapo de Hollywood", Pedro García Miró, era el sobrino del dueño de El Comercio, el periódico más influyente del Perú. Los dos informaron a Ortiz que ellos y otros estaban determinados a deshacerse del presidente "lunático" en algunos días y querían saber cómo reaccionaría el gobierno americano. Ortiz les replicó que tal acción causaría una muy negativa respuesta del gobierno americano, no sólo porque era inconstitucional, sino porque perjudicaría al Perú. "Una vez que sigan por ese camino, no tendrán más que problemas", les dijo Ortiz, y añadió que les digan a sus amigos militares que era un gran error siquiera pensar en ello. Parecían estar escuchando.

Al día siguiente, Ortiz informó de su conversación al embajador americano, quien inmediatamente llamó al jefe de estación (Station Chief) de la CIA, el agregado militar y el oficial número dos de la embajada. Le pidió que le repita el informe y Oritz le dijo que había escuchado que en algunos días el ejército, con el apoyo de El Comercio, daría un golpe de estado. Ortiz dio énfasis a que esta era una amenaza creíble y que tenían que reportarlo al gobierno americano para que considere las reacciones apropiadas. El embajador ordenó a los presentes que inmediatamente chequeen sus fuentes, para verificarlo, antes de que lo reportara a Washington.

Esta tarde el embajador los llamó de nuevo a su despacho. Los otros informaron que sus contactos negaron la amenaza de un golpe. Estas tres figuras senior estaban convencidas de que el "rumor", como ellos le llamaban, era absolutamente falso. El embajador se dirigió a Frank Ortiz, figura de menor rango que los otros tres, y le preguntó: "Frank, are you sure?" Y Ortiz con contundencia le respondio: "Absolutely".

El embajador siguió inseguro sobre si hacer sonar la alarma en el Departamento de Estado. Ortiz le sugirió que se cubra enviando un mensaje que no lo comprometiera de ninguna manera, simplemente enunciando que el jefe de la sección política de la embajada escuchó rumores creíbles de un posible golpe de estado, y que la CIA y los agregados militares lo verificaron con sus fuentes, que sumariamente descartaron la amenaza. El embajador envió el mensaje dudando, ante lo que Ortiz replicó que la embajada quedaría peor si el golpe ocurría y no reportaban sus sospechas.

Algunos días después, el 3 de octubre de 1968, a las dos de la madrugada, el jefe de la compañía de teléfonos, un americano que se hizo amigo de Ortiz, lo llamó y le dijo que el ejército había tomado el edificio de la telefónica y que se estaban haciendo del control de las comunicaciones. Desde el edificio de telefónica su amigo le contaba que veía al ejército tumbar las puertas de hierro del palacio de gobierno. Ortiz le agradeció e inmediatamente llamó al embajador americano y le dijo que el golpe estaba ocurriendo. Éste le ordenó despertar a los agregados de la CIA y militar para reunirse inmediatamente en la embajada.

Ortiz se reunió con el embajador mientras los otros llegaron más tarde. Al reunirse en la embajada, los "rebeldes" vieron que las luces se encendían y se dieron cuenta que los americanos estaban siguiendo sus acciones. Entonces les cortaron la luz de la embajada dejándolos a oscuras. Ortiz se rió cuando se enteró que los tres hombres que lo habían ninguneado y que estaban tan convencidos que el golpe era asunto de ficción quedaron atrapados entre pisos en el ascensor. Les tomó algo de tiempo hacer funcionar el generador de la embajada, pero cuando finalmente funcionó, las luces volvieron y los hombres fueron liberados.

Fue un momento difícil en la embajada, cuenta Ortiz. Pero cuando las cosas se calmaron, quedó clara la precisión de la predicción de Ortiz, lo cual elevó su posición en el servicio exterior americano. Lo malo, prosigue, es que el golpe cambió el clima político en el Perú completamente, cambiando un gobierno amigo de los EEUU por un gobierno hostil e izquierdista
headed by General Juan Velasco Alvarado, a mestizo with a pronounced anti-American attitude.
El relato continúa, pero por ahora lo dejo aquí. Es claro que la embajada americana no hizo nada por impedir el golpe de Velasco, uno de esos fracasos temporales que a veces ocurren...




El ex-embajador Ortiz en Machu Picchu.

Libro en que narra sus memorias.

Sus superiores ningunearon sus advertencias sobre el golpe de Velasco...

Imagen tomada de aquí

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