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17 set. 2007

La guerra contra las ideas Por Gustavo Faverón Patriau

Les pido que le den una mirada a la columna de este sábado de Rosa María Palacios en el diario Perú 21. Les pido más: que la lean con cuidado. En la superficie y desde su título parece aludir a alguna forma de debate: “las ideas se combaten con ideas”, dice, y “la guerra de las ideas llegó a la minería”, y el lector, entusiasmado, piensa que lo que Palacios describe es el principio de la racionalidad como forma de discusión en el Perú.

Pero no es así: Palacios no ha identificado ningún debate de ideas, sino lo que más se puede parecer a un debate de ideas en la mente de un abogado promedio: una guerra propagandística destinada a promover o desprestigiar intereses. Y Palacios no sólo la describe: la propone.

¿Qué diferencia hay entre un debate de ideas y una guerra propagandística? Es obvio: nadie sostiene un debate intelectual partiendo del entendido de que su posición original no será modificada de ninguna manera: un debate de ideas es necesariamente un intercambio.

Una guerra propagandística, en la otra cara de la moneda, es un despliegue de estrategias destinadas a la imposición de mis ideas; en ella, las nociones y las propuestas ajenas existen sólo como objeto a destruir, reducir y descartar.

Según el diagnóstico de Rosa María Palacios, las empresas mineras están perdiendo “el combate de las ideas” porque, mientras que sus rivales del “activismo antiminero” han desplegado una efectiva y práctica estrategia de diseminación del discurso ambientalista, las mineras sólo son capaces de responder con prepotencias y caballazos.

Lo que las mineras deberían hacer, dice Palacios, es diseñar ellas también una estrategia similar, es decir, deben invertir “en convencer”. Suena excelente, suena democrático. No lo es tanto, sin embargo. El quid está en un aparente detalle que a los abogados suele escapárseles por deformación profesional: lo interesante (para nosotros, para la civilidad) no es cómo hacer para que gane uno de los bandos; lo interesante es que gane quien tenga la razón, o que ambas razones encuentren un terreno de intersección y elaboren una nueva vía a partir de ello.

En resumen. Lo que Palacios predica es algo así: ya que los ambientalistas dicen que las mineras dañan el medioambiente, colapsan el ecosistema y atentan contra la salud de las personas, las empresas mineras deben diseñar una estrategia que diga: “las mineras no dañan el medioambiente, no colapsan el ecosistema y no atentan contra la salud de las personas”. Y deben hacer que, tácticas propagandísticas mediante, ese discurso se imponga y reemplace al otro.

Muy buena idea, salvo por un detalle: ¿qué pasa si es verdad todo o parte de lo que dicen los ambientalistas? Entonces, de triunfar el discurso de las mineras, usando los métodos que propone Rosa María Palacios, se habría impuesto una gran mentira.

No es una paradoja: es que Palacios ha dejado de lado en su artículo, por completo, el factor crucial de una “batalla de las ideas”: el hecho de que el espíritu de un verdadero intercambio racional es la inclinación a descubrir una verdad y obrar de acuerdo con ella, no el espíritu de ganar mis litigios siendo siempre más vivo, más despierto y más rápido que mi rival. Razón y propaganda no son sinónimos; verdad e interés, menos aun. Palacios está confundiendo una “batalla de las ideas” con “la guerra de las cervezas”.

Las ideas no valen por el simple hecho de ser ideas: las ideas pueden ser verdaderas o falsas; moralmente no da lo mismo defender una verdad que imponer una mentira.

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