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7 ene. 2008

Eduardo Hernando o el filósofo del fin del mundo Por Daniel Salas

Escribo este post a propósito de un debate entre Gonzalo Gamio y Eduardo Hernando al que Martín Tanaka nos refiere en su blog. Quiero dar mi punto de vista no desde la discusión filosófica misma, sino desde el análisis de las narrativas que sostienen el estrafalario pensamiento del profesor Hernando.

Comienzo con una digresión. Seguramente muchos lectores de este blog habrán lidiado con testigos de Jehová que tocaron sus puertas para discutir “la palabra del Señor”. Confieso que yo he sido siempre amable con ellos porque, a pesar de que me quitan mi tiempo, me conmueve su convicción.

Varias anécdotas podría contar. En una de ellas, vinieron dos amables mujeres a predicarme. En un momento, las detengo y les pido me que muestren un pasaje de las Segunda Carta de Pablo a Timoteo en donde dice que claramente que la mujer no podrá enseñarle al varón. Les pregunté si no estaba claro que estaban contrariando el dictamen del apóstol. Se quedaron sorprendidas y un poco avergonzadas, pero juro que esa no fue mi intención que se avergonzaran.

En otra, vino un hombre mayor acompañado por un niño. Me preguntan si le permito al niño que me diga unas palabras, nuevamente sobre la palabra del Señor. Les dije que no había problema. El niño lee un pasaje del antiguo testamento en que se dice que la palabra de Dios es incluso más duradera que el Sol. Entonces el niño me pregunta: “¿Y no es verdad que la luz del Sol no va a acabar nunca?” Le respondí que era falso, ya que los científicos habían calculado que el Sol se extinguiría en cinco mil millones de años. El niño se quedó boquiabierto sin saber qué responderme. Tuvo que intervenir el adulto, quien me reprochó mi desconsideración por el esfuerzo que estaba haciendo el niño al hacer su tarea evangelizadora. Contesté que no quería ser maleducado, pero que sí me parece mal que se los niños no conozcan cosas básicas sobre astronomía.

La última y que viene más a cuento fue la vez en que llegaba a mi casa con un ejemploar de la biografía de Vlad Tepes que me había prestado mi amigo José Luis Gastañaga. Como se sabe, Vlad Tepes fuen un caballero cristiano conocido como “el empalador” en honor a su método de tortura preferido y que acostumbraba aplicar masivamente. Sobre este caballero, se sabe que era un hombre muy devoto y piadoso. Se sabe también que el nombre de su familia era Dracul y que su leyenda inspiró el personaje de Bram Stoker. Llego a la puerta de mi casa y me interceptan otras dos mujeres que me preguntan qué pienso sobre el mundo moderno y qué explicación le doy al hecho de que ahora haya tanto sufrimiento, tanta violencia, tanta delincuencia, tanto caos social.

Les respondí mostrándoles esta viñeta de Vlad Tepes gozando con el sufrimiento indecible de sus rivales y les conté otras varias costumbres horrorosas que se practicaban en el siglo XV. Sostuve que la violencia del mundo moderno no nos debe causar ninguna sorpresa, ya que la humanidad había vivido calamidades tan terribles o más graves. “Lo que se ve ahora ha pasado antes y de peores maneras” les dije “no hay ninguna novedad”.

Supongo que se trata de reacciones inesperadas para ellos y que cuestionan el sentido común desde el cual construyen sus discursos apocalípticos. Esto se debe a que los apocalípticos tienden a suponer que el panorama que describen es evidentemente nuevo e intolerable y que no puede caber duda de que el mundo moderno está llevando a la humanidad a un punto final (este es el efecto que Umberto Eco llamaba "cogitus interruptus"). El apocalíptico mezcla muchos elementos como parte de un panorama en primer lugar incoherente pero cuya coherencia se encuentra, en segunda instancia, en la idea de revelación (es decir, apocalipsis). Hambrunas, guerras, genocidios, etnocidios y revueltas políticas van de la mano con el divorcio, el aborto, el feminismo, las transgresiones sexuales y de género, el ateísmo, la secularización del Estado, el rock and roll, la desobediencia juvenil, el individualismo y el cuestionamiento de las tradiciones. Se ha perdido la idea de la comunidad orgánica, del estamento en el cual cada persona encuentra su lugar y está en capacidad de ejecutar su naturaleza. Para explicar este caos que exclama una peligrosa e indeseada ausencia de sentido, se aplica la idea de un fin del mundo que marca una etapa de revelación.

Una manera religiosa de verlo es que este caos estaba previsto y que es una clara señal de que hay que prepararse para el juicio final.

A esta posibilidad, el profesor Eduardo Hernando ha agregado otra: que el horror del mundo actual es una señal de la perversión de la ilustración, el liberalismo y la democracia. Así, la crisis que él percibe y que le causa tanta aversión y ansiedad son los síntomas inequívocos de la maldad impuesta por la dictadura del pensamiento “políticamente correcto” que ha convertido en dogmas la democracia, los derechos humanos y el universalismo moral. La solución es curiosa: para remediar la dictadura de la democracia, hay que reinstaurar el antiguo régimen, la dictadura de los aristócratas; para devolver el sentido que la vida pierde cuando ésta tiene que encarar el desafío de la libertad, hay que quitarle su libertad. Incapacitado para decidir sobre su vida, el ciudadano ya no tendrá que angustiarse preguntándose qué debe de hacer con su ella.

Como los testigos de Jehová que tocaron la puerta de mi casa, el profesor Hernando desconoce la ciencia, desprecia la libertad y tiene una particular lectura de la historia: su pensamiento presupone que el pasado era mejor que el presente, desdeñando las enormes evidencias que muestran que las épocas tanto de los reinos menores como de los absolutismos imperiales estaban marcadas por el sufrimiento, el caos social, las hambrunas, la pobreza, las guerras internas y externas; se trataba, además, de una época en la cual se vivía con patrones de salud y expectativas de supervivencia que hoy consideramos indeseables.

Pueden ver en la discusión entre Eduardo Hernando y Gonzalo Gamio que al primero le interesa fijar una comunidad orgánica, no eliminar el sufrimiento ni ampliar las posibilidades de la vida humana. Le da prioridad al sentido que está definido por la autoridad, no por el propio sujeto. En esta inverosímbil y confusa propuesta política, no cabe tomar en cuenta el hecho bastante probado de que la democracia, la apertura del comercio y la inmigración han sido los grandes creadores de riqueza y de mejores condiciones de vida, que el desprestigio del estamentalismo ha permitido que las sociedades modernas aprovechen las mejores mentes sin importar su procedencia social ni su “prosapia” y que esta apertura a la circulación libre de la inteligencia le ha dado fuerza económica, científica y militar a las potencias nor atlánticas.

Hace muchos años, se realizó en San Marcos un debate entre los mismos contendores a propósito de la publicación del libro de Hernando “Pensando peligrosamente: el pensamiento reaccionario y los dilemas de la democracia deliberativa”. Al final de la discusión (que Gamio pudo haber ganado por knock out pero que, motivado por su amabilidad, prefirió ganar por puntos), le pregunté a Hernando si su propuesta no afectaba necesariamente el desarrollo científico y que si acaso no pensaba que, sin ciencia, una sociedad no puede defenderse de sus enemigos. Hernando respondió, para mi asombro, que los países no democráticos que viviesen en un régimen como el que él deseaba podrían recurrir a “métodos alternativos” para defenderse. Unos meses después ocurrió el ataque del 11 de setiembre del 2001.

Hoy, consecuente con sus ideas, Hernando aprueba los métodos de tortura de Guantánamo y expresa su desprecio por la Comisión de Verdad. Según cuenta José Talavera, Hernando sostuvo recientemente en un debate público que los muertos por la violencia “ya estaban muertos y que lo dejaramos así, que por qué debíamos hacer tanto escándalo.”

Hay gente que cree en ovnis, que afirma que la tierra tiene solamente seis mil años, que descarta el darwinismo por “falta de evidencias” y que quiere introducir en las escuelas teorías anticientíficas como el “diseño inteligente”. Aquí tenemos a alguien que prefiere el antiguo régimen a la democracia, que siente disgusto por el mundo moderno pero a quien no le interesa corregir uno de sus problemas capitales, como es la persistencia del sufrimiento humano, alguien que cree que los ciudadanos de una sociedad deben estar clasificados en estamentos, presuponiendo que a él mismo le correspondería un estamento priviliegiado. Me pregunto si vale siquiera la pena discutirlo, a riesgo de contaminarnos de irrealidad.

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