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22 oct. 2008

Un economista venerable: Wassily Leontief Por Silvio Rendon

1.
En aquellos tiempos rudos de la sociedad, en que no había internet, el/la estudiante interesado/a en estudiar un postgrado fuera del país tenía que apersonarse a preguntar a algún instituto cultural extranjero (la Fulbright, el ICPNA, la Alianza, el Goethe, etc.). Por ejemplo, en la Fulbright te daban un vademécum de universidades americanas, un libraco de los que se usan para techar casas, donde se compilaban las sumillas de los diversos programas de estudios. Te lo prestaban por un rato, pues podría haber alguna otra persona esperando su turno para usarlo. Entonces tenías que peinar el libraco, ver más o menos lo que correspondía a tu interés en los escuetos parrafitos explicativos sobre cada curso y sobre cada profesor. Rapidito nomás, antes de que se te acabe el turno. Copiabas a mano la información que querías, en particular, la dirección de la persona de contacto del programa de estudios de tu interés. Y luego le escribías por correo, esperando una respuesta al mes de tu carta. Puedes apreciar cómo han cambiado los tiempos: hoy en unos pocos minutos haces (y mucho mejor) lo que antes tomaba con suerte un mes.

Algo que ocurría era que los nombres que veías en esas sumillas no te decían nada. La segunda mitad de los ochentas Economía-PUC se decantó institucionalmente por la visión “heterodoxa” de la economía. Pero cualquier orientación institucional no habría sido muy diferente, dadas las restricciones informativas señaladas: simplemente no estabas al tanto de quiénes eran los economistas que empujaban la frontera del conocimiento. Tu conjunto factible de nombres conocidos estaba restringido a lo que recibías en tus cursos. Tal vez si te ibas a la hemeroteca o te prestabas revistas del ICPNA, podías ver cómo era el mambo en revistas como la American Economic Review (AER). Pero entonces estabas como el personaje de Sartre en La náusea, “el autodidacta”, que era muy estudioso, pero no tenía criterio para estudiar, por lo que se leía la biblioteca en orden alfabético: todos los libros cuyos autores comenzaban con la letra “a”, luego los de la “b”, etc. Es decir, no tenías estructura para asimilar (o encimas para digerir) tus lecturas independientes. Se podría decir mucho sobre este punto, pero el tema es que tocabas de oído.

Así, repasando sumillas veo dos nombres que me llaman la atención en NYU: Wassily Leontief y William Baumol. El primero, obviamente, por las tablas de insumo-producto y el segundo por el melosón modelo de “serrucho” de demanda de dinero (supe algo más de Baumol, su trabajo sobre “mercados contestables”, por lecturas de la AER, más un refuerzo de parte del profesor Mario Tello). Los demás nombres no me sonaban para nada.

Claro, una cosa es con guitarra y otra con cajón. Llegando a NYU a estudiar el doctorado en economía resultó que quienes la movían eran precisamente esos profesores cuyos nombres no me decían nada. Los dos venerables profesores mencionados seguían produciendo, cómo no, pero había otros que tenían contribuciones más de punta y eran definitivamente mucho más influyentes en la profesión como en los estudiantes. Y fue, lógicamente, con ellos con quienes acabaría trabajando, si bien tuve el privilegio de seguir un utilísimo curso con Bill Baumol sobre cómo escribir la tesis de doctorado, y de tener una breve interacción con Leontief.

2.
Wassily Leontief enseñaba, desde luego, el curso de insumo-producto. Tenía su grupo de seguidores, estudiantes de diversas procedencias que le tenían fe al análisis insumo-producto y asistían regularmente a su curso. Esta leyenda viviente, hablamos de mediados de los noventas, daba su curso con mucho entusiasmo, apoyado por dos asistentes, un globalizado compatriota hoy en la banca de inversión, y un izquierdista libanés, muy dedicado al análisis de insumo producto, hoy en el FMI. El apoyo era a veces literal, pues el caballero a veces perdía el equilibrio y amenazaba con desplomarse, por lo que los dos asistentes, uno a cada flanco, tenían que sostenerlo. Al final de su curso, por supuesto, y al parecer era uno de los atractivos de llevarlo, estaba la sesión de fotos de todos los estudiantes con el premio Nobel de economía de 1973.

No tomé ese curso. Me decanté por otras áreas y formas de hacer economía. Sin embargo, un día, como parte de la Asociación de Estudiantes Graduados, participé de la organización de una serie de exposiciones de nuestros profes. Y se nos ocurrió invitar a Leontief, de quien, aparte de los parroquianos a su curso, pocos sabían algo. Gustoso nos dio una charla sobre temas diversos un día viernes por la tarde, en nuestra coffee hour.

Este caballero ruso había vivido la revolución bolchevique. Más aún, había estado preso después de ésta (1). “El capitalismo”, nos comenta, “tiene el motor bien, es un buen sistema para dar incentivos a las personas. Su problema no está en el motor, donde está el problema del comunismo, sino en el timón. Se necesita dirección, sino se va al garete”.

“Yo no hago funciones de producción. Qué idea tan ridícula. Yo agarraba el teléfono, llamaba a los empresarios y directamente les preguntaba cómo producían y lo apuntaba en un papel. Así hacía mis tablas de insumo-producto”, nos comentaría. (2) “¿Saben cómo hacía mis tablas de insumo-producto en China?”, preguntaba. “Mandaba a que tomaran fotos aéreas. Por el color de los cultivos calculaba el área cultivada de cada producto y a partir de ella estimaba la producción; por las rutas de las líneas de trenes, luego determinaba a qué sector iba la producción y las relaciones intersectoriales”. Yo para mis adentros me decía “qué tal cocina la del tío”.

El egregio economista matricial estaba, de esperar, fascinado con los eslabonamientos intersectoriales. “Cuanto más comunicado esté todo, mejor”. Una vez, en una tabla le salió que la industria automotriz estaba muy eslabonada con la agricultura. “¿Qué?”, se preguntó. Pues resulta que los carros llevan tapices que son de algodon, contaba emocionado. Yo me decía “ni el INP” (3), institución dedicada a la confección de tablas de insumo-producto casi durante toda su historia.

En cierto momento nos comenta sobre el daño que le había hecho a la economía Paul Samuelson al formalizar todo. “Yo uso mucho las matemáticas en mi análisis, pero no así”. De repente un compañero de clase, un italiano keynesiano-ricardiano le sale al paso y le dice “¡Pero si usted fue el maestro de Samuelson!” “Y qué buen alumno que era”, responde Leontief. “Era muy hábil”.

“Miren”, comenta, “yo vivo al frente de Washington Square y de mi ventana puedo ver la parte donde la gente lleva a pasear a sus perros [Efectivamente, es la parte del parque que da a West 4 y McDougal]. Yo siempre veo que si se le tira una zapatilla rota a los perros, van todos ruidosamente a pelearse por ella. Así están los economistas de hoy en día. Ya no hay la visión que había antes”. Todos nos matamos de risa (4).

Los últimos trabajos de Leontief en los noventas versaban sobre tablas de insumo-producto de citas de artículos científicos. Las entradas a estas tablas eran áreas de conocimiento: matemáticas, economía, física, etc. Se trataba de ver los eslabonamientos entre disciplinas científicas, qué disciplinas eran las que generaban más conocimiento para otras. Idea interesante.

Por mencionar alguna aplicación en economía más moderna de su trabajo, los trabajos sobre ciclos económicos reales (RBC) utilizaron sus tablas de insumo-producto para simular la transmisión de shocks de un sector a otro (por ejemplo Long y Plosser). Siempre hay algo rescatable en la producción científica, por más que el enfoque en sí deje de ser central. Pero se trata sólo de aspectos rescatables, pues el enfoque de insumo-producto desde luego que ya no constituye el enfoque básico en el pensamiento económico moderno.

3.
En un curso de tópicos Boyan Jovanovic nos está explicando un modelo en la pizarra. Llega a la caracterización de casos particulares. Que si la función de producción es Cobb-Douglas, pasa tal cosa; que si es CES, tal otra. Cuando toca la “función de producción de Leontief”, le comento, en buena cuenta por saber su reacción, “Boyan, hace poco Leontief nos contó que según él no hay función de producción. No puede haber una función de producción de Leontief”. Voltea, me mira y replica: “¿Y él qué sabe?” [What does he know?]. Se voltea hacia la pizarra, y continua explicando el modelo. (5)
_______

(1) Una vez comentando con un colega ruso sobre el incidente de Leontief, me diría “¿Y quién entonces no estuvo preso?”

(2) En realidad, este método parece que fue muy popular alguna vez en el BCR peruano. Un alto funcionario se jactaría de llamar por teléfono a Bentín a preguntarle cuántas cajas de cerveza producía, llamar a otro empresario y preguntarle otro tanto, hacer una proyección con lápiz y así hacer política monetaria. “Por eso no necesitamos PhDs en el BCR. Claro quedamos mal cuando comparamos nuestro personal con el de Chile o Colombia, pero nos da igual” le diría este funcionario a una persona que acababa de regresar al país después de haber cursado estudios de postgrado en el extranjero, dándole con ello a entender que sus cualificaciones (especialidad en economía monetaria) no eran del interés de la institución.

(3) Instituto Nacional de Planificación.

(4) Justo por esa época surgían los modelos que trataban de resolver diversos “acertijos” (las diversas extensiones a los modelos de ciclos económicos reales”, RBC, el “equity premium puzzle”, etc.).

(5) Es muy típico del sentido del humor de Jovanovic (en realidad es un estilo muy usual en la profesión). Una vez Robert Lucas, su asesor, por quien es sabido que guarda una gran admiración y respeto, intervino en una presentación suya, con un comentario. Jovanovic simplemente dijo “Ese es un comentario que vale la pena recordar” [That’s a comment worth remembering] y siguió con su presentación, ante la hilaridad general.






La criatura, tabla de insumo-producto, y el padre de la criatura, Wassily Leontief. Venerable economista, cuyo análisis quedó atrás.

Imágenes tomadas de aquí, Input-Output Analysis, y aquí, Premios Nobel.

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