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23 ene. 2008

¿Videíto manda? Por Daniel Salas


La experiencia me ha enseñado que el error ético más frecuente consiste en olvidarse de lo primordial y evidente. Por ejemplo, que la labor del médico es curar, que la del juez es hacer justicia y que la del investigador es investigar. Tautología pura, pero que, cuando quieren, hacen a un lado los médicos insensibles, los jueces venales, los investigadores que prefieren la retórica vacua a la reflexión.

¿Cuál es la tarea del crítico? Muy simple: criticar. Les pongo un ejemplo contundente de cómo se deja de lado la crítica haciéndola pasar por crítica. Vean este nuevo post de Paolo de Lima quien, tal como predije, no respondió a ninguno de mis argumentos y allí continúa promoviendo, desde su blog, las ideas menos críticas que uno pueda imaginar.

El post se llama “Desolador panorama estudiantil en los EE.UU.” y consiste en reproducir un video (es el que está arriba) en el que se resume, mediante una dramatización, los pensamientos y la información obtenidos de un número no determinado de estudiantes universitarios en Kansas. Paolo de Lima lo resume de esta manera: "Las ideas fluyen desde el pesimismo más agudo hasta la ingenuidad y, por qué no, algunos pocos idealismos, pasando por el cinismo mayoritario. Estos estudiantes estadounidenses acusan síntomas de una sociedad en que la tecnología no ha mejorado necesariamente el nivel de aprendizaje ni la conciencia política de los jóvenes".

Vean el vídeo una y otra vez y díganme si no notan un problema elemental: la ausencia de fuentes y el silenciamiento absoluto del método de investigación. Sí, pues, el vídeo mismo resulta siendo una demostración de cómo la tecnología no nos hace mejores, porque él mismo es un ejemplo de una puesta en escena destinada a producir un efecto dramático sin agregar entendimiento. Se trata de una exhibición de datos fragmentados que elude intencional y groseramente el contexto en el que se realiza el estudio, los factores dentro de los cuales los individuos toman sus decisiones y los cálculos que las convierten en racionales. Un par de ejemplos: un estudiante “dice” (en nombre de otros, se entiende) que “sólo completará el 49% de sus tareas” y que “muy pocas serán relevantes para su vida”. Para comenzar, es espeluzante la demagogia de su cartelito porque las tareas de una clase no deben ser relevantes para "la vida": basta con que sean relevantes para la clase. Para continuar, cualquiera que haya trabajado en una universidad puede comprender los cálculos que realizan los estudiantes al tomar sus cursos y cómo se proponen el objetivo de aprobarlos realizando el menor esfuerzo. Si el objetivo de aprobar se cumple con un mínimo de trabajo, es poco probable que el estudiante lo realice de propia voluntad. En todo caso, las consecuencias finales se verán reflejadas en su desempeño profesional. En ese momento, algunas deficiencias de formación se podrán corregir y otras no. La inversión es, de todos modos, productiva en términos económicos y esto hace que la elección de una perfomance académica mediocre tenga sentido: al final, cada quien obtiene un puesto para el que está preparado y recibe así el premio o el castigo por haber o no haber rendido lo suficiente. El sistema opuesto sería radicalmente elitista, implicaría convertir a la universidad en un lugar cerrado para los pocos y con menos posibilidades de ofrecer movilidad social. Nada de esto se discute en el vídeo citado por Paolo de Lima.

Escuchen la música, noten con cuidado el ritmo de la edición y díganme si no es evidente que hay una notoria (incluso diría una burda) inducción al melodrama. La música quiere transmitir desconcierto y soledad, dos emociones que conmueven rápidamente porque las relacionamos con el vacío de la civilización y la vida moderna. Los estudiantes que aparecen allí no conversan entre ellos, no parecen estar haciendo nada, salvo lanzar sus mensajes a una cámara que ni pregunta ni responde. Así, pues, el efecto de la soledad y de la incomunicación está producido por la misma puesta en escena que comienza, no hay que olvidarse, enfocando un par de frases pintadas en la pared que son de una impresionante cursilería: “si estas paredes pudiesen hablar”… “¿qué dirían?”

Paolo de Lima habla del vídeo como el resultado de “Un reciente experimento de estudiantes de antropología”. En realidad, es un trabajo preparado por estudiantes de un curso de “Introducción a la Antropología Cultural” y no de especialistas, es decir, no es de estudiantes graduados (porque hay que decir que, en Estados Unidos, el trabajo duro con la investigación empieza en el postgrado; el sistema me parece mejor que el peruano, ya que no se pide a los bachilleres escribir una tesis que sólo en casos muy raros tendrá alguna relevancia académica). Si un profesor tuvo que ver con esto, no nos queda sino deplorar su cuestionable criterio docente, sobre todo porque la paradoja es ostensible: se critica la miseria de la tecnología (su discutible contribución a la reflexión) mediante un objeto tecnológico que es en sí mismo miserable y notoriamente irreflexivo.

Creo que en este punto ya he explicado que la finalidad no es entrar en el terreno de la discusión antropológica, es decir, su objetivo no es ofrecer datos, interpretarlos, contrastar fuentes y comprender la racionalidad de los agentes involucrados. ¿Qué es, entonces? Muy simple: se trata de propaganda, de un digesto “Kitsch” destinado a producir un efecto reconocible en un gusto mediano. Pensamiento para los que no están acostumbrados al pensamiento; crítica para quienes temen a la crítica. Su interés no es incentivar el conocimiento. Un crítico cultural debería ser capaz de darse cuenta de todo esto, de la misma manera que un médico debe reconocer una enfermedad a partir de los síntomas. Si algo hace evidente este vídeo, es la frivolidad, la chatura y la incapacidad de salir del lugar común de quienes lo realizaron y, sobre todo, es un ejemplo de un tipo de producto de Internet (millonariamente extendido) caracterizado por su conservadurismo estético, su sensibilidad melodramática y su satisfactorio intelectualismo antiintelectual.

Señalo esto porque cada vez me convenzo más de que la "democratización" de Internet nos está reacostumbrando a no advertir la información manipuladora y, a la vez, se dice poco al respecto de estos mecanismos de propaganda. En los setenta y ochenta se ponía en cuestión a los medios. Ahora, con la idea de que la producción mediática se ha pluralizado, olvidamos que un mensaje tramposo no tiene que provenir de gigantes como Warner, CNN o FOX. El hecho de que una producción sea "independiente" parece limpiarla, milagrosamente, de sospecha. Especialmente desde la izquierda, los argumentos del ciberespacio se van reduciendo progresivamente a trucos visuales y efectos emotivos sin mayor sustento empírico ni criterio político. Desafortunadamente, Internet ha permitido que se propaguen ideas que no se amparan en ninguna evidencia, mitologías que reproducen la imaginación delirante de las fobias fantasmales pero no la ciencia. Para mejorar al mundo hay que estudiarlo. Es el conocimiento, no la ignorancia ni la consigna, lo que nos puede llevar a una mejora de la riqueza y la justicia. Pero esto implica mucha generosidad, poca autocomplacencia y una enorme voluntad de trabajo.

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