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19 feb. 2008

El Otoño de la Revolución Por Gonzalo Gamio




Quien escribe pertenece a la generación de la caída del Muro de Berlín y del colapso del bloque del Este. Tenía entonces dieciocho años y apenas había ingresado a la Universidad. Recuerdo que en el patio de Estudios Generales Letras nos reuníamos muchos estudiantes – por lo general frente a algún periódico mural de alguna agrupación universitaria – para discutir de qué modo los ideales socialistas que el fundamentalismo marxista (estalinista o maoísta) había estropeado o degradado – justicia social, solidaridad, libertades cívicas – podría recuperarse y reformularse honestamente desde un discurso y una práctica más democráticos. Entonces ya había leído al joven Marx – que me gustaba enfrentar al viejo Marx, el del Manifiesto y La Ideología Alemana – y empezaba a leer al joven Hegel (cuya Fenomenología del Espíritu me apartó definitivmente del marxismo, a pesar de mi profunda simpatía por los Manuscritos de 1844). Siempre leí a Marx como un filósofo – especialmente en la órbita de Hegel y su conciencia crítica de la modernidad -; deploraba cualquier forma de ortodoxia y sujeción del pensamiento.

En aquel tiempo no era difícil reconocer a los “marxistas” radicales. No conocían a Marx desde sus propios textos, sino desde la literatura secundaria que vulgarizaban vergonzosamente su pensamiento, como el lamentable manual de Marta Harnecker, de cuya inspiración provenían sus slogans y el corazón de su prédica. El vínculo con Hegel prácticamente no existía (curiosamente, salvo en términos de "superación"). Algunos hablaban de la violencia con cierto aire de condescendencia – como “herramienta dialéctica” para activar el “complejo mecanismo de la historia” -, aunque cuestionaban severamente los crímenes de Sendero Luminoso y del MRTA. Este discurso complaciente con la violencia en lo doctrinario, anexado tendenciosamente a la retórica vana de la "inevitabilidad histórica" nos resultaba moralmente inaceptable y profundamente irresponsable en una época en la que el terrorismo sembraba la muerte por doquier, y generaba formas irracionales de represión. Un signo fundamental de esta ortodoxia era la suscripción acrítica del régimen de Fidel Castro. En la otra orilla, nosotros, los “cristianos de izquierda”, los meros "intelectuales", sujetos completamente renuentes a la partidarización y al recurso a la consigna, rechazábamos la dictadura cubana, la represión de la discrepancia, las violaciones a los Derechos Humanos. Por ello, éramos considerados en aquellos debates “revisionistas” y “tibios”. Incluso se nos podía reprochar el hecho de que algunos de nosotros prefiriéramos la música de Joaquín Sabina antes que la trova de Silvio Rodríguez. No se nos hostilizaba – para nada -: sólo éramos el blanco de su ironía revolucionaria, porque no éramos capaces de “comprometernos”. Ante sus ojos, no nos merecíamos el Paraíso.

Recuerdo todo esto a propósito de la noticia de la renuncia de Fidel Castro a ser reelegido en el cargo de presidente del Consejo de Estado en Cuba. Hay quienes se preguntan si este hecho constituye el germen de una suerte de caída de un segundo muro. Lo peor que podemos hacer es precipitarnos en el análisis de lo que se ha anunciado hoy. Debemos interpretar los hechos en una perspectiva histórica. Castro llegó al poder en 1959 justificando su causa en el legado de Martí. Combatió un gobierno corrupto y autoritario, el de Batista. Medio siglo después, el romanticismo de esa gesta ha cedido el paso a la constatación de una sociedad sumida en la pobreza, que no encuentra los espacios necesarios para tener presencia en el diseño de la agenda política y en la administración del poder. Una sociedad alfabetizada, pero que no puede ejercer la crítica intelectual y social. Una sociedad que padece el régimen del Partido Único. Una sociedad en la que no se permite a sus miembros que sean propiamente ciudadanos. Más allá de los adelantos en salud, educación y acceso a la cultura, se trata de un sistema que reprime las libertades y los derechos básicos de las personas.

Pero el gobierno de Castro representa una paradoja dramática bastante clara: la revolución cubana se nutrió de una ideología basada en la confianza en la cooperación de las clases oprimidas, que se convertirían en el sujeto del curso necesario de la historia universal conducente al Reino de la Libertad. Sin embargo, ese sistema colectivista supuestamente - ese es el argumento ideológico que esgrimen los castristas - precisó de un individuo para su realización efectiva en el mundo de las realizaciones históricas. Tamaña contradicción. De modo que las dictaduras caudillescas constituyen el fracaso del socialismo, o encarnan su distorsión más perversa. La consigna “¡El Pueblo soy yo!” debería sonar terriblemente mal tanto en oídos socialistas como en oídos liberales.

Raúl Castro simboliza hoy el continuismo dictatorial y dinástico en la isla. Desearía para Cuba una próxima transición democrática, que haga posible la construcción de un régimen político pluripartidario y amplio, que juzgue los crímenes de lesa humanidad perpetrados por la dictadura y promueva la existencia de una sociedad civil organizada y vigilante. No le deseo a Cuba el imperio de los cubanos de Miami. Sería terrible ver a Cuba ir de un extremo al otro: pasar de ser una sociedad controlada a convertirse en un gigantesco McDonalds. Una Cuba libre no puede ser simplemente Ron con Coca-cola: no se puede regresar sin más a los tiempos de Batista (que son también nefastos). No es posible volver atrás para reproducir las antiguas jerarquías sociales que otrora desangraban la isla. Ello supondría pasar de una tiranía a otra de un signo político diferente, y lo que se busca es plantear una vía hacia una genuina democracia. Ello me devuelve al tema político de mi adolescencia: el de la posible articulación ética e institucional de los principios políticos del liberalismo con los postulados sociales de la izquierda y el ideario socialdemócrata. Se trata más bien de apostar por la construcción de una sociedad de ciudadanos, abierta a una economía moderna tanto como a un sistema político inclusivo y participativo. Corresponde especialmente al pueblo cubano pensar cómo será posible conciliar las exigencias poderosas de la equidad con las (no menos irrenunciables) demandas de libertad individual.

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