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5 abr. 2008

El Humor No Es Hueco Por Silvio Rendon

Recibo esta contribución de Miguel Rivera, doctorando en el Department of Spanish, Italian, and Portuguese de la University of Virginia:


El Humor No Es Hueco

El humor no es la causa más probable de la risa. El sentido común nos diría que no esta afirmación es falsa. La risa puede ser entendida como una reacción espontánea del cuerpo ante el humor. Las comedias, cuando logran su cometido, lo provocarían tan limpiamente como las películas de terror obtienen sobresaltos y las pornográficas la excitación. Siempre había sospechado que la risa puede tener causas distintas, así que me interesó leer en el New York Times un artículo sobre investigaciones acerca de por qué suele reír la gente.

Un primer estudio determinó que la risa humana tiene su origen en un sonido que hacen los primates cuando se hacen cosquillas. Probablemente, el primer chiste fue dicho el día que a un homínido se le ocurrió producir ese sonido pero sin acompañarlo de cosquillas: la risa se habría desencadenado de una manera, digamos, pavloviana. La risa habría tenido efectos positivos en los homínidos: una sensación de euforia, el contacto físico con la certeza de que no se estaba peleando, etc. Es lógico que la risa haya servido como un medio para establecer o fortalecer las relaciones entre los miembros de un grupo.

Vayamos ahora al segundo estudio del artículo. Al filmar a personas interactuando al natural, se observó que la gente suele reír ante palabras que poco parecen tener de graciosas: “Lo sé” o “Nos vemos” eran respuestas que, en determinados contextos, suscitaban risa. No solo eso: generalmente los que más reían no eran quienes escuchaban, sino quienes decían las frases supuestamente divertidas, indicándoles a sus interlocutores que lo que habían dicho era gracioso. Algo así como las risas grabadas de las comedias antiguas. La risa no brotaría como una consecuencia del humor, sino como algo necesario para facilitar las relaciones humanas: un lubricante social.

El tercer estudio fue un experimento hecho con voluntarias que pensaban ser parte de una investigación sobre otro tema. Se le dijo a un grupo de ellas que el jefe de la investigación daría premios en efectivo a algunas de las participantes. Luego se les contó un chiste notoriamente malo y se observó que las mujeres que creían que habría un premio para ciertas participantes se reían más que el resto de las voluntarias ante ese chiste.

Para darle una vuelta más al asunto, se mostró un video de una de las mujeres riendo ante el chiste malo a dos grupos de voluntarias: a algunas se les había dicho que serían compañeras de trabajo de la mujer que reía en el video; a otras se les había hecho creer que serían jefes de esa misma mujer. A ambos grupos se les repitió el cuento de que habría un premio en efectivo para algunas personas, que sería decidido por la jefe. El primer grupo, el de las compañeras de trabajo, río viendo a la voluntaria del video. El segundo, el de las seudojefes, rio mucho menos. La conclusión parece ser que, mientras más abajo se esté en la escala laboral o social, los aliados son más necesarios.

Esto no equivale, desde luego, a negar la validez del humor. Comparemos dos chistes: Dicen que un judío al que no se le permitía integrar clubes exclusivos expresó así su sensación al respecto: “No quisiera pertenecer a un club capaz de aceptar a una persona como yo”. En el otro chiste, dos quequitos están en el horno. Uno exclama: “Aquí sí que hace calor.” El otro grita: “¡Increíble! Un quequito que habla.” Habrán adivinado que el segundo es el chiste del experimento. El primero es de Groucho Marx. Del segundo hay poco que decir. El primero en cambio, es espléndido en su maliciosa simplicidad: confrontado con la ideología del racismo, Groucho no se le opone, sino que, como un luchador de judo, utiliza la propia fuerza del contrario. Si Groucho Marx deja de oponerse al antisemitismo y acepta fielmente sus dictados, puede afirmar que él jamás se rebajaría a integrar un club capaz de aceptar a un judío, es decir, a alguien como él. El humor, pues, existe, pero es una flor más rara de lo muchos piensan. No es fácil alcanzarlo; requiere un trabajo extenuante o un instante de iluminación.

Ahora quiero recordar algo que leí en el estupendo libro Autobiography of a face, de Lucy Grealy. Ella sufrió a los nueve años la amputación de la mitad de su mandíbula, debido a un cáncer del que logró curarse tras años de tratamiento. Desgraciadamente, sin la mitad de su mandíbula, quedó desfigurada. Ingresó al mundo de la adolescencia en esta condición, y su nueva vida después del cáncer está narrada con rara lucidez en este libro que, repito, es fascinante. Lo que viene a cuento de estas líneas sobre el humor y la risa es algo que ocurrió durante unos meses en su escuela secundaria. Cada día, a cierta hora, ella tenía que pasar por una determinada escalera para ir a una clase. Y cada día a esa hora había un grupo de muchachos en el descanso de la escalera. Cuando ella se acercaba, alguien le decía a uno de ellos –el lorna del grupo, supongo—“Allí viene tu enamorada,” y todos reían. Esto era así día tras día. No hace falta que nos fijemos en el dudoso humor de ese chiste. Basta que pensemos que la frase en cuestión era dicha todos los días a la misma hora. Su propia previsibilidad debería haber impedido la risa, porque los chistes, cuando son muy avisados, no surten efecto. Pero no era así: Grealy recuerda cómo cada día tenía que vivir esa humillación, una más de las que le tocaban en el transcurso del día. Casi –solo casi—podía sentir lástima por el chico que era humillado de esa forma al ser emparejado con ella. El humor no es la explicación de esta broma –para llamarla de alguna manera--, sino la utilidad de la risa. El “Oye, allí llega tu enamorada” servía para reírse, y la risa servía para fortalecer los lazos en el grupo. Eran ellos, los iguales, contra ella y, en cierto grado, contra el lorna. Imagino que si ella hubiera encontrado una réplica mordaz, digna de Groucho Marx, los chicos no se habrían reído. No era el humor lo que animaba su risa, sino la pertenencia al grupo.

Estas cosas que he dicho pueden parecer muy obvias, pero tal vez no lo sean tanto. Demasiadas veces he encontrado la justificación de una bajeza en el humor. Como si las virtudes de este no bastaran, los defensores suelen preferir una expresión latina: animus jocandi, dicen. Las lenguas muertas no pueden defenderse. Sin embargo, no hace falta buscar tan alto: sabemos que, para afianzar una clique, no hace falta humor: bastan unas cuantas palabras tan huecas como los blogs que las albergan.

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