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23 jul. 2008

Vendiendo sebo de culebra 1 Por Silvio Rendon

Según Miguel Rodríguez Mondoñedo puede ser Cebo o Sebo de culebra. Veamos

Caso 1. Érase un libro de investigación sobre las trabajadoras peruanas, que afirmaba que a fines de los ochentas y a comienzos de los noventas los trabajadores y las trabajadoras peruanos/as habían abandonado el "clasismo". Esta denominación de los setentas se refería a una fuerte identidad de pertenecer a la clase obrera y una gran noción y beligerancia reivindicativa (muy diferente al sentido de "clasismo" como el rechazo a alguien por razones de clase, en forma similar a que "racismo" es el rechazo a alguien por razones de raza). Una nueva generación de trabajadoras/es emergía y en contraste con las frustraciones de su predecesora era optimista, laboriosa, más aún había asumido la aspiración de convertirse en pequeños empresarios emergentes. Eran trabajadoras/es sólo de paso, pero al final del camino había la brillante perspectiva de ser empresarias/os emergentes.

El libro comenzaba entrevistando a un sindicalista "clasista", presentado como un hombre resentido, maltratado, herido, que sólo pensaba en reivindicaciones cortoplacistas. Era un personaje del pasado. El "clasismo" era presentado como una reacción al racismo y la exclusión de la sociedad peruana y como un sentimiento alentado por el marxismo, precario por definición.

Luego se entrevistaba a las modernas y jóvenes trabajadoras confeccionistas. Éstas no tenían sindicato ni querían tenerlo, trabajaban en forma flexible con contratos precarios, estudiaban además de trabajar y eventualmente querían tener su empresita. El futuro les era sonriente, prometedor, muy en constraste con el oscuro y amargado entrevistado anterior. "¿Clasismo?", decían las obreras, "no he escuchado. No sé qué es".

Era la época de los "créditos chicha" de Alan García, de Máximo San Roman haciendo campaña con Fujimori, del "desborde popular", del "otro sendero", de "los caballos de troya de los invasores", "de la riqueza popular". Algunas ONGs abandonaron a la clase obrera, las que supuestamente estaban con ella, y se pasaron a concentrar en los pequeños empresarios.

Por esas épocas me hallaba haciendo una investigación precisamente sobre las pequeñas empresas de confecciones y me tocó entrevistar, coincidencia, a las mismas trabajadores entrevistadas para el susodicho libro (a quien uno de los autores, al igual que yo, las conoció a través de una ONG que trabajaba - dato escondido- con un grupo de trabajadoras que quería conformar un sindicato en esa empresa) . El panorama no podía ser más diferente a lo que sus autores aseguraban. Es verdad que se trataba de trabajadoras jóvenes, pero si algo querían era ganar más, tener contratos de mayor duración, evitar las largas jornadas de trabajo. Querían sindicalizarse. Es verdad que había trabajadoras jóvenes emprendedoras, que no sabían lo que había sido el clasismo quince años antes, pero al comentarles de lo que se trataba sí expresaban interés y decían que eso era precisamente lo que necesitaban.

Pero la cosa es aún más interesante, pues yo conocía a la persona que trabajaba como asistente de investigación en ese libro, transcribiendo los cassettes de la entrevistas a las obreras. Esta persona estaba horrorizada por la forma cómo se había excluído de los testimonios cualquier expresión de descontento de las trabajadoras con su situación laboral, cualquier indicio de querer organizarse, cualquier atisbo de tener identidad obrera. Y había material kilométrico que apuntaba en esa dirección. No. Todo quedó fuera. Los autores sólo consignaron aquello que coincidía con lo que ellos ya tenían predeterminado. Todo lo otro lo excluyeron. Las medianas empresas eran entes armónicos donde los trabajadores no tenían intereses comunes entre sí, sino que eran almácigos de empresarios emergentes. Ya.

¿Hubo algún árbitro que verificara la calidad y la rigurosidad de esa publicación?. Claro que no. El libro fue publicado y punto. Allá los incautos que se la creyeron. No recuerdo quién lo financió, pero las líneas de investigación suelen venir determinadas precisamente por quien financia estos estudios. Y en esa época para decir este tipo de cosas había financiamiento. No siempre lo había para decir, no digamos lo contrario, sino simplemente los resultados serios y honestos de una investigación de la realidad.

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