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21 may. 2008

¿Quién necesita la identidad nacional? Por Daniel Salas

El problema de la ‘identidad nacional’ en el Perú es una vieja preocupación que ocupó a la izquierda y a la derecha y que a estas alturas ya debería estar enterrada. Pero el sentido común parece insistir en estos asuntos bajo la forma de preguntas como ¿formamos los peruanos una nación? Y si es así ¿cuáles son los rasgos que nos dan identidad? Todavía hay quienes se plantean esta clase de preguntas. Mi invocación es, simplemente, abandonarlas por completo y preocuparnos de otros asuntos verdaderamente urgentes. Este fragmento de un post de Laura Arroyo me sirve de ejemplo:

En contextos tan pluriculturales como el nuestro (y otros países, sin
duda alguna) eso de reconocerse como parte de un grupo resulta bastante
complicado.

El período de conflicto interno nos recordó, justamente, que esa colectividad llamada Perú no existía realmente. Para no ir más lejos, las elecciones del 2006 también indicaron que, en buena cuenta, eso de “un solo Perú” es un bonito discurso pero nada más.

No podemos hablar de un país integrado cuando representantes
políticos importantes como un ex premier, ministros o candidatos
presidenciales se permiten comentarios del tipo “en la sierra el nivel de IQ
es menor”, “las llamas y las alpacas no deberían votar”, entre otras
perlitas igual de absurdas. De hecho, copio esta idea de Rolando Ames quien
mencionó en una clase que, dichas afirmaciones resultaban más provocadoras
que el discurso de Ollanta Humala. Y tiene razón. Entonces, ¿de qué Perú
estamos hablando?

Por ello no resulta tan tirado de los pelos cuando algunas personas
afirman que en realidad, lo que hay en nuestro país son muchos “Perúes”. Ahora
bien, aquí cabría hacer una precisión. Sí podríamos conformar una colectividad
fuerte y con identidad pues tenemos muchas cosas en común. El detalle está en el
cómo.

Un aspecto sobre el que quiero llamar la atención es la reiterada imagen del Perú como un país ‘pluricultural’. Me cuesta comprender que posea tanto poder imaginativo porque lo interesante, lo revelador, lo asombroso ocurrirá el día en que algún investigador descubra finalmente algún país ‘monocultural’ en donde la diversidad se haya extinguido.

Pero acaso más importante que ello es no olvidar jamás que la tesis de que los países corresponden a naciones homogéneas fue un ideal decimonónico sustentado en la idea de que las delimitaciones políticas expresaban esencias identitarias. Después de tanto tiempo de darle vueltas al mismo asunto ya deberíamos entender que perseverar en la búsqueda de un Estado-nación es involucrarse con un proyecto político que implicó genocidios, linguicidios y etnocidios, además de fatigosos tratados y debates sobre los caracteres nacionales.

Sin embargo, la diversidad en el Perú sigue causando una inusitada angustia, la que a su vez produce discursos identitarios y políticos que pretenden revertir la exclusión invirtiendo los polos. 'Lo cholo', por ejemplo, aparece ahora como una respuesta imaginaria a las fisuras sociales y confiere un carácter cohesionado y afirmativo a un conjunto de prácticas irregulares y contradictorias que, para los peruanos, ni son comunes ni son propias. Véanse algunos ejemplos de ese discurso aquí y aquí.

Alguien podría objetar que se trata de propuestas minoritarias, que apenas reflejan la sensibilidad de pequeños grupos que aparecen en el ciberespacio. Es posible. Pero entonces cómo explicamos el fenónemo del etnocacerismo, que logró capitalizar un importante apoyo popular, hasta el punto de reconfigurar lo que significa hoy ser de izquierda en el Perú.

Por supuesto, la idea de que ‘todos somos cholos’ se alza como respuesta al menosprecio y al (aun más deprimente) automenosprecio que están indiscutiblemente presentes en nuestra vida diaria. La expresión ensalza los rasgos físicos y culturales minusvalorados, despreciados e, incluso, temidos. Pero implica dos serios problemas: por un lado, reitera el error de anular las diferencias, imponiendo una identidad en posición hegemónica (¿qué pasa con los afro-peruanos, por ejemplo, o con los indígenas de la Selva? Muchas veces se habla como si ellos no existieran); por otro, debido a la simplicidad de su análisis, reproduce la idea de que la ‘peruanidad’ está indisolublemente ligada a lo informal, lo chicha, lo fastidiosamente colorido, lo iletrado e, incluso, lo hipócrita. Finalmente, no se termina de salir de la idea de que los peruanos ‘somos así’, como si nuestro carácter fuera una seña positiva de identidad y, a la vez, paradójicamente, un mal incurable. ‘Lo cholo’ se convierte de tal manera en un motivo conservador, que nos ahorra el trabajo de comprender los mecanismos de exclusión y desigualdad, o bien una forma pervertida de orgullo que justifica el poder de los abusivos, los pícaros y los incapaces. Nos impide, por ejemplo, plantearnos el serio problema de por qué hay funcionarios que creen que el cociente intelectual está relacionado con la capacidad de respirar oxígeno o por qué los empresarios no pueden todavía comprender que las comunidades indígenas responden a sus intereses.

¿Cuál es la alternativa a ‘la identidad’? Para mí, la respuesta es muy sencilla: la ciudadanía. Esta no implica ni asimilación ni integración de unos sobre otros, ni siquiera exige que nos identifiquemos con las costumbres y valores ajenos; se trata de un modelo más simple y pacífico, como es el reconocimiento ético y jurídico de todos. Muchas cosas buenas pasarán en el Perú cuando empecemos a ver a los otros como personas racionales que poseen sus propios intereses y que pueden imaginar por su cuenta sus propias expectativas.

Mi propuesta es, pues, poner a un lado los falsos problemas y, en lugar de ello, abordar los que sí importan. Hay una frase brillante de Ludwig Wittgenstein, maestro del pensamiento claro, que resume mi posición: “¿Cuál es mi tarea en la filosofía? Sacar a la mosca del mosquitero”.

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