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8 nov. 2008

1962: el golpe que la embajada americana trató de impedir y no pudo Por Silvio Rendon

En el post Velasco: el golpe que la embajada americana no impidió comentaba sobre el golpe de 1968 sobre el cual la embajada americana tuvo un indicio, pero al cual no le dio crédito alguno, por lo que la agarró de sorpresa, con la luz cortada y funcionarios de inteligencia atrapados en un ascensor. El caso del golpe de 1962 contra Manuel Prado fue muy diferente, pues se trató de una crónica de un golpe anunciado, del cual la embajada tuvo conocimiento y se movilizó intensamente por impedirlo, pero no pudo.

Lo cuenta Stephen G. Rabe en The Most Dangerous Area in the World, p. 116-123.

Era el año 1962. El gobierno de Prado era un gran aliado de los Estados Unidos durante la guerra fría y como tal se había sumado al programa de la Alianza para el Progreso. Tanto Prado como su primer ministro Pedro Beltrán eran conservadores moderados que le dieron al Perú un gobierno digno, aunque no inspirado [albeit uninspired]. Representaban a peruanos de herencia europea residentes en las áreas costeras que tradicionalmente dominaron sobre los mestizos y los grupos amerindios en las alturas andinas. Estos descendientes del imperio inca, que representaban a 50% de los 11 millones de peruanos, vivían en los márgenes de la existencia [lived on the margins of existence]. Aunque el Perú tenía un pequeño partido comunista y ningún movimiento insurgente activo, las autoridades americanas estaban preocupadas porque las horribles desigualdades "proveían una de las mejores ilustraciones de un 'potencial para la revolución social' en América Latina". En realidad, los movimientos de protesta radical y violenta aparecieron a mediados de los sesentas y explotaron por todo el Perú en los ochentas. A pesar de su preocupación por la inercia gubernamental, el gobierno de Kennedy respetaba a los gobernantes peruanos, porque éstos estaban comprometidos con una transferencia de gobierno constitucional y pacífica en 1962.

Los Estados Unidos apreciaban el apoyo del Perú, dirigido por Manuel Prado, en la segunda guerra mundial, apoyo que continuó después de revolución cubana en 1959. Manuel Prado y Pedro Beltrán fueron los más duros críticos de Fidel Castro en la región latinoamericana. Dos semanas antes de la invasión de Bahía de Cochinos Pedro Beltrán le pidió al Secretario Estado, Dean Rusk, "tomar acción rápida y decisiva" contra Castro sin preocuparse por las protestas contra la intervención de otros latinoamericanos. Añadió que "la reacción adversa no durará y el asunto será rápidamente olvidado como ocurrió con la invasión de Guatemala (1956) y el asesinato de Patricio Lumumba". Prado le dijo a Kennedy que el Perú consideraría reconocer a los cubanos anti-castristas como el legítimo gobierno de Cuba en el exilio. En enero de 1962, en la reunión inter-americana convocada para denunciar a Cuba, Rusk confesó que su mayor dificultad [sharpest difficulty] sería persuadir al Presidente Prado a "adoptar una visión firme pero razonable antes que una visión extrema y beligerante" hacia Castro (1). Este tan leal apoyo hizo que el presidente Prado tuviera el honor de ser el primer presidente latinoamericano en ser recibido en la Oval Office en Washington. En el congreso americano Prado aseguró que el Perú estaría con los Estados Unidos en la lucha contra el movimiento comunista internacional y que "whatever measures you may be required to take to combat it, you will find my country at your side."

Las autoridades americanas creían, sin embargo, que podían tener algo mejor que Prado. Ellos alentaban la elección de Víctor Raúl Haya de la Torre, líder del APRA, como nuevo presidente del Perú. El APRA era visto como un movimiento de origen revolucionario, inspirado en la revolución mexicana, el marxismo y el socialismo europeo. Inicialmente partidario de la nacionalización de tierras e industrias, el anti-imperialismo y el respeto para los pueblos amerindios, era un movimiento con fuerte apoyo en las clases medias. Era también un movimiento claramente anti-comunista. En 1956 los apristas apoyaron la elección de Prado y a cambio Prado les permitió organizarse entre 1956 y 1962 (2).

A pesar de lo confusa, inconsistente y retorcida que hubiera sido la plataforma aprista, los funcionarios del gobierno de Kennedy se convencieron de que Haya podría cumplir con los objetivos de la Alianza para el Progreso, como Betancourt y Figueres. Haya había conocido e impresionado a los liberales americanos que profesaban anticomunismo y reforma social. El senador Hubert H. Humphrey (demócrata de Minnesota) llamó al partido de Haya "valioso representante de la izquierda democrática, no comunista". El embajador Loeb, que antes había presidido la organización liberal anticomunista Americans for Democratic Action, también tenía confianza en Haya. Este peruano parecía el modelo de reformador evolucionario de clase media, imaginado por los arquitectos de la Alianza para el Progreso. En febrero de 1962, El Secretario de Estado asistente Robert Woodward llamó al partido aprista "la más sólida fuerza anticomunista en el Perú". Su sucesor, el Secretario asistente Martin coincidía en que era "un agente de cambio inusual y efectivo pero firmemente anticomunista, el tipo de partido que queremos por toda Latinoamérica, pero raramente encontrado". Los informes de los funcionarios americanos en el Perú [field officers] que trabajaban con los militantes apristas en organizar grupos de estudiantes, sindicatos y campesinos estaban de acuerdo con este enfoque.

Los competidores de Haya eran Manuel Odría y Fernando Belaúnde. A pesar de las declaraciones públicas sobre trabajar con el ganador de las eleccines, el gobierno de Kennedy tenía reparos a los oponentes de Haya. Odría había sido un dictador [aunque apoyado militarmente y condecorado por los EEUU. p. 11] y Belaúnde rechazó repudiar a los comunistas peruanos que lo apoyaban. Por el contrario, la organización de Haya según los americanos era "el único partido político que había tomado una posición firme frente a los comunistas".

En la primera mitad de 1962, el gobierno americano trabajó duramente para que los/as peruanos/as aceptaran los resultados de la elección presidencial. En febrero y marzo, los militares peruanos del más alto rango le dijeron explícitamente al embajador americano Loeb que no prestarían servicio bajo un presidente aprista. Ellos no podían olvidar el pasado y detestaban a Haya. Loeb se hizo llamar a Washington por el Departamento de Estado para que él pudiera traer a Lima la visión personal del presidente americano. Kennedy autorizó a Loeb a informarles a los militares peruanos que los Estados Unidos "estaban comprometidos en el hemisferio, y ante los ojos de su propio pueblo [americano] y congreso, al apoyo de gobiernos no comunistas y constitucionales por todo el hemisferio". Más aún, el embajador Loeb podía advertirles que había discutido de estos asuntos con el presidente americano y que los Estados Unidos encontrarían "imposible" reconocer a un gobierno militar. Para asegurarse de que los militares peruanos comprendieran su posición, el gobierno americano envió a un militar americano en retiro, que había servido previamente en el Perú, a que hable a los hombres de uniforme. También le ordenó a la agencia de información americana (USIA) lanzar una campaña de propaganda en favor del constitucionalismo en el Perú. Al realizarse la elección, Kennedy le ordenó a Loeb a transmitirle a Prado su aprecio por su firme posición en favor del constitucionalismo. Dos días después, en una ceremonia pública en Washington en honor del presidente panameño, Kennedy brindó por la democracia peruana.

Las elecciones peruanas no dieron los resultados que esperaban los Estados Unidos, un claro mandato a favor de Haya de la Torre. Los apristas sacaron sólo 1% más que Belaúnde y 4% más que Odría. El congreso peruano tendría que elegir un presidente para fines de julio. Los partidos políticos negociaron de mediados de junio a mediados de julio, con los militares aparentemente de nuevo advirtiéndole a Haya que se hiciera a un costado. Lo sorprendente de la negociación fue que los apristas aceptaron apoyar a Odría como presidente y a un aprista como vicepresidente. Odría había perseguido a los apristas, y en particular a Haya de la Torre, que se refugió en la embajada colombiana. Ahora Odría presumiblemente respetaría los procesos constitucionales y apoyaría un programa de reformas. El gobierno de Kennedy observó esas maniobras con nerviosismo. Rechazó la sugerencia de Loeb de advertir públicamente que el gobierno americano no reconocería a "ningún gobierno impuesto por la fuerza". Pero el presidente Kennedy nuevamente agradeció a Prado por sus "galantes esfuerzos" y le ofreció considerar con simpatía y urgencia cualquier pedido de asistencia.

El 18 de julio de 1962 los militares peruanos usaron un tanque americano Sherman para tumbar las rejas de palacio de gobierno. Derrocaron así al presidente Prado, de 73 años de edad, y establecieron una junta militar de doce personas dirigidas por el general Pérez Godoy. El presidente Kennedy reaccionó con indignación condenando duramente el golpe, lo cual le significó ganar apoyo dentro de los Estados Unidos, pero un limitado apoyo afuera. Venezuela y Costa Rica aplaudieron a Kennedy y propusieron que la OEA condene el golpe en el Perú y los cambios ilegales de gobierno. Sin embargo, los más grandes países latinoamericanos, liderados por México, rechazaron las posiciones de Betancourt y Figueres; ellos apoyaban el principio de no intervención contenido en la carta de fundación de la OEA. La comunidad de negocios americana en el Perú también se oponía a la ruptura de relaciones entre los Estados Unidos y el Perú, pues eso pondría en peligro los 450 millones de dólares en inversión directa extranjera que tenían en el Perú. Las denuncias de Kennedy fracasaron también en despertar mucha reacción en el Perú. No hubo grandes huelgas ni manifestaciones de condena al golpe militar. Los funcionarios americanos tal vez juzgaron mal el ambiente político peruano, analizando la lucha entre los militares y Haya como una pelea entre reacción y reforma. El golpe podía ser visto como un episodio más en una enemistad sangrienta [blood feud] de tres décadas de duración.

El presidente Kennedy rápidamente se arrepintió por haberse identificado personalmente en la lucha política peruana. Se lamentó ante sus asesores por haber ido demasiado lejos y haberse expuesto como presidente. Observó también que "el poder es un factor importante" y que "uno tiene que trabajar con gobiernos con poder". Los Estados Unidos no podían ser percibidos como perdiendo prestigio e influencia en el hemisferio. El embajador americano ante la OEA DeLesseps Morrison señalaba que tales virajes [flip-flops] de política exterior eran humillantes y le hacían poco bien a los Estados Unidos. Despues de que los militares liberaran a Prado y le permitieran salir exiliado a París, el gobierno americano llegó a acuerdos con los militares peruanos. Les aceptó el compromiso de llamar a nuevas elecciones en junio de 1963, después de fracasar en obligarlos a que éstas sean en febrero o marzo de 1963. El gobierno americano les pidió firmeza ante la expansión del comunismo en el movimiento sindical peruano. A su vez el gobierno americano complació a los militares peruanos desestimando una moción venezolana de una reunión de la OEA sobre el constitucionalismo. El 17 de agosto de 1962, menos de un mes después del golpe, el gobierno americano reestableció las relaciones con el Perú y reabrió sus programas de ayuda económica. El gobierno americano también accedió a no enviar más a Lima al embajador Loeb, quien quedó popularmente identificado con los apristas, y envío como nuevo embajador a J. Wesley Jones, un diplomático de carrera. Para demostrar que de todas manera condenaba el golpe el gobierno de Kennedy retuvo la asistencia militar. Sin embargo, el gobierno de Kennedy también capituló en ese tema, cuando en octubre de 1962 ordenó la restitución de toda ayuda militar. Como fue explicado en un telegrama del Departamento de Estado, ante la crisis de los misiles en Cuba, los Estados Unidos "requerían solidaridad ante la amenaza cubano-soviética al hemisferio".

Los militares le transfirieron el poder a los civiles a mediados de 1963 cuando Belaúnde derrotó a Haya y Odría en otra reñida elección. Tal vez algunos peruanos, temiendo otro incidente entre los apristas y los militares, cambiaron su voto de Haya a Belaúnde. Tanto el gobierno americano como los militares peruanos mantuvieron su dignidad [saved face]. El primero se mantuvo en el principio del constitucionalismo y los segundos evitaron que sus enemigos llegaran al poder. Durante el gobierno de Belaúnde las relaciones entre el Perú y los Estados Unidos se avinagraron por las disputas sobre los derechos contractuales de la IPC y los derechos de las atuneras como Chicken of the Sea de pescar dentro de las 200 millas de mar territorial peruano. Belaúnde también resultó ineficaz para cumplir con los objetivos de la Alianza para el Progreso. De un millón de campesinos sin tierra o con pedazos minúsculos de tierra Belaúnde sólo benefició a 9 mil a través de un programa de reforma agraria. Una analista de inteligencia americano apuntó en un informe de mayo de 1963 titulado "Political Prospects of Peru" que "a menos que las fuerzas de la moderación sean capaces de traer un cambio ordenado, el liderazgo radical tendrá probablemente la oportunidad de poner a prueba sus métodos". El Presidente Kennedy no viviría para ver cómo el radicalismo intentaba tomar el poder en el Perú, pero siempre estuvo inquieto por el papel del Perú y de América Latina para el comunismo internacional. Antes de enviar al embajador Jones a Lima le recordó que América Latina era muy importante, pues Europa ya era segura y próspera, mientras que la región latinoamericana requería de sus mejores esfuerzos y atención.

Kennedy comprendió astutamente que había cometido un error táctico al confrontar directamente a los militares peruanos, para finalmente aceptar una situación no satisfactoria. El mensaje quedó claro: a menos de que se tratara del comunismo, los Estados Unidos no expondrían su prestigio para salvar a un régimen constitucional. En realidad, a fines de 1963 el coronel López Arellano dio un golpe de estado en Honduras. Después de diversas condenas americanas, el coronel dio señales de ser un buen anti-comunista, con lo que el gobierno americano acabó por aceptarlo.

Después de esta experiencia el gobierno americano, el 6 de octubre de 1963, definió su nueva política en una declaración del Secretario de Estado Martin: no se adheriría a la doctrina Betancourt, que llamaba al rechazo de todos los regímenes anticonstitucionales. El gobierno americano comprobaba que no podía cumplir con los objetivos de desarrollo de la Alianza para el Progreso en el marco de la democracia en todos los países de la región, pues la mayoría de países tenía "muy poca experiencia con los beneficios de la legitimidad política". Los Estados Unidos continuarían rechazando el derrocamiento de regímenes constitucionales, pero sólo usarían la fuerza contra "la intervención desde fuera del hemisferio por la conspiración comunista internacional". Los Estados Unidos habían aprendido que escapaba a su poder "crear una democracia efectiva" o "mantener a un hombre en el poder por el uso de la presión económica o incluso de la presión militar, cuando su propio pueblo no estaba dispuesto a defenderlo".

Esta declaración fue criticada por el asesor presidencial Arthur Schlesinger porque podía sonar paternalista y herir la sensibilidad de los latinoamericanos. Ante eso Kennedy reafirmó su apoyo al constitucionalismo, pero a través de publicaciones oficiales dejó claro que se trataba de un cambio en la política exterior americana. Por otro lado, otros asesores presidenciales sostenían que Martin sí quiso decir lo que escribió. Ted Sorensen, otro asesor de Kennedy, opinó en sus memorias que Kennedy había reconocido "que los militares frecuentemente representaban mayor competencia en la administración y más simpatía hacia los EEUU que cualquier otro grupo en el país".

Hasta aquí Rabe. Dejo el comentario para un próximo post.
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(1) Como Rabe cuenta en la págin 32, la visión con más apoyo en América Latina no era la peruana, de Prado, sino la de los presidentes Rómulo Betancourt de Venezuela y José Figueres de Costa Rica. Se trataba de reconocidos demócratas que sostenían que el viraje ocurrido en Cuba se debía a la propia política americana que había apoyado masiva y sistemáticamente a los más terribles dictadores de la región. En Punta del Este la delegación cubana representada por Ernesto Guevara planteó una posición que convenció a la mayoría de delegaciones latinoamericanas: el problema con Cuba no era hemisférico sino bilateral, entre los EEUU y Cuba; y Cuba no exportaría la revolución a la región aunque no podía evitar exportar su ejemplo. Irónicamente, esto último era precisamente el temor de los EEUU expresado en sus declaraciones públicas. Con tales garantías las delegaciones latinoamericanas, encabezadas por Brasil, desecharon la moción peruana que, apoyada por los EEUU, indirectamente llamaba a rechazar la revolución cubana.

Aquí Rabe refiere otra anécdota, que no tiene que ver directamente con el Perú mas sí con la relación Cuba-EEUU. Después de la última sesión en Punta del Este, Guevara intentó nuevamente un acercamiento diplomático a los EEUU. Se reunió informalmente por varias horas con el embajador americano Richard Goodwin en una recepción. Previamente Guevara le había enviado una caja hermosamente diseñada conteniendo los más finos cigarros de La Habana. Cuba dejaría de apoyar la actividad revolucionaria en otros países, prometía, si los Estados Unidos abandonaban sus intentos de derrocar al regimen cubano y suspendían el embargo. Goodwin informó a Kennedy de su reunión con Guevara, pero como era previsible nada sustantivo salió de la reunión Goodwin-Guevara. El gobierno americano estaba lanzando la Alianza para el Progreso precisamente para prevenir el avance del comunismo. Un acuerdo con Castro habría socavado el principal propósito de la Alianza. Al respecto, el único gesto tangible de Kennedy fue fumarse uno de los cigarros enviados por el Ché.

(2) Al respecto ver Caretas: Las Dos Caras de La Convivencia y Sucesos históricos: Prado Ugarteche y Haya de la Torre: "La Convivencia".



Ceremonia de recepción del presidente americano John F. Kennedy y Sra. al presidente peruano Manuel Prado Ugarteche y Sra. Nótese la bandera peruana y americana en la parte superior izquierda de la foto.

Manuel Prado era el campeón del proamericanismo en la región latinoamericana. Este oligarca fue un sólido aliado de los EEUU, con un gobierno más papista que el papa, encabezando la política exterior anticastrista. Fue también este gobierno el de la "convivencia", cuando Haya de la Torre logró la legalidad del Partido Aprista en el Perú al precio de abandonar las banderas de cambio social y apoyar decididamente al gobierno de la oligarquía.






Haya de la Torre, el candidato de la embajada americana en 1962. El apoyo del embajador americano, James Loeb Jr., fue explícito, abierto, desembozado. Haya de la Torre había logrado la legalidad del Partido Aprista y fue percibido por la embajada como el político centrista y anticomunista que el Perú necesitaba para llevar a cabo la Alianza para el Progreso. Sin embargo, los militares peruanos, que no fueron parte de la negociación de la "convivencia", tenían una idea muy diferente de lo que necesitaba el Perú.





Portada de Time del 12 de marzo de 1965.

Belaúnde no era el candidato de la embajada. Sin embargo, después del golpe de estado, y posteriormente de las elecciones, los americanos entendieron que era un presidente amigo y le brindaron su apoyo. Sin embargo, Belaúnde fue ineficaz en cumplir con el programa de la Alianza para el Progreso.

Imágenes tomadas de aquí, aquí y aquí.

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