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27 dic. 2006

José Antonio del Busto: entre la épica y el romance Por Daniel Salas


“No te deseo suerte porque no la vas a necesitar”. Este generoso (y, sin duda, injustificado) halago fue lo último que me dijo José Antonio del Busto unos días antes de que yo tomara mi avión para Colorado. Por fortuna, muchos años habían pasado desde él hubiera sido mi profesor de Historia del Perú y yo uno de los tantos desaprovechados estudiantes, que él difícilmente podría recordar, de aquellas aulas que congregaban 120 alumnos escuchando a las 8:10 en punto de la mañana (y con distintos grados de atención) a un conferenciante de voz enérgica y gestos marciales.

Don José Antonio del Busto era un profesor incomprendido, especialmente en una época en que la izquierda estudiantil de la Universidad Católica era fuerte y militante. El doctor del Busto, en nuestra imaginación, representaba mejor que nadie los ideales que decíamos combatir. Abiertamente enemistado con las tendencias históricas contemporáneas, marcadamente recto en sus modales, resultaba un personaje sospechoso. Y esto se confirmaba en sus lecciones: la historia del Perú era, para él, una sucesión de hazañas extraordinarias, desde el hombre de Lauricocha, el temprano cazador-recolector que domesticó el territorio peruano, hasta la impresionante gesta de la conquista y las posteriores guerras civiles entre los Pizarro y "los de Chile".

Lo singular de personalidad se reflejaba en el hecho de que Del Busto era el único profesor de Estudios Generales Letras sobre el cual circulaban leyendas. Según una de ellas, alguna vez un estudiante contestatario setentero le mesó las barbas (como sabemos, un gesto inaceptable para cualquier hidalgo) a lo cual don José Antonio reaccionó persiguiendo al agresor por el patio y el tontódromo. Según la otra, en alguna otra ocasión, se apareció en clase vestido con una armadura auténtica. Es poco probable que estas historias sean ciertas pero recurro aquí a la misma respuesta que él me dio en torno a la verosimilitud de la leyenda de Naylamp: “Toda leyenda guarda una verdad” me dijo entonces.

La verdad que guardan estas historias la hallamos en la percepción que producía entre los estudiantes la figura del maestro, a la creencia de que Antuco se confundía con los personajes de la historia que él amaba y narraba con su estilo reconocible y peculiar. Antuco se consideraba un peruanista. “Ni hispanista ni indigenista” decía él. Y su peruanismo, como lo vine a comprender gracias a la madurez y al paso de los años, no consistía en ese oprobioso nacionalismo que aún se difunde en las escuelas y la política. Para él, hombres como Manco Cápac, Túpac Yupanqui, Pachacútec, Atahualpa, Manco Inca y Pizarro, así como pueblos como los moches, los chancas y los incas, eran personajes que habían protagonizado actos extraordinarios. En su historia no hay superiores ni inferiores: Del Busto reconocía heroicidad y excepcionalidad en todos ellos por igual y apreciaba con sinceridad el aporte de quienes habían llegado al Perú como humildes coolíes o como esclavos. Nadie debía quedar fuera porque, para él, la historia debía ser inclusiva.

Su narrativa histórica abiertamente se modula entre la épica y el romance, es decir, entre el ejercicio excepcional y noble de la violencia y la reconciliación entre opuestos. El resultado de ese romance era nuestro país. Intuyo que don José Antonio debía sentir una gran pena cada vez que reflexionaba sobre cómo esa tierra de grandes hombres y de grandes pueblos se había convertido en una nación deprimida y triste, con miedo de mirarse a sí misma. Yo entiendo su prolífica obra historiográfica como una lucha contra la mediocridad que imponen el olvido y la auto-flagelación. El hecho de que se haya concentrado especialmente al estudio de los siglos XVI y XVII junto a su modo de contar la historia puede indicar su desapego por las épocas dominadas por burócratas y políticos apáticos y deshonrosos. No sería entonces una casualidad que del siglo XVIII le interesara especialmente la gesta de Túpac Amaru II.

Las noticias de los periódicos han resaltado su amor por el Perú. Hay que agregar su no menos gran amor por la Universidad Católica a pesar de la incomprensión de los estudiantes. “A usted ni lo quiero, ni lo odio, pero tengo que botarlo de mi clase” le dijo alguna vez a un estudiante de historia particularmente reaccionario e insurrecto. Otro estudiante, en un gesto vandálico, había enmendado con un lapicero el ejemplar de su libro “Francisco Pizarro: El marqués gobernador” y, en la semblanza sobre el conquistador del Perú había reemplazado el nombre del hidalgo extremeño por el del profesor Del Busto. Y donde decía “los miembros de su hueste” había cambiado por “sus estudiantes”. Un extraño efecto había provocado el lector vándalo. Tanto en el aspecto anímico como en el físico, el retrato calzaba extraordinariamente. Y es que José Antonio del Busto era, como su personaje, un hombre noble y fuerte. La historia era para él una aventura tan arriesgada y heroica como la que habrían de emprender Túpac Yupanqui en su viaje a la Melanesia o los Trece del Gallo. Espero recordarlo siempre de esa manera.

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