l

Últimos Posts

Vendiendo sebo de culebra 1Silvio Rendon
Festival de teoría de juegos 2008Silvio Rendon
CombitosSilvio Rendon
Alianzas por debajo de la mesaSilvio Rendon
CombitosSilvio Rendon
Lima: el "desborde" vuelve a su cauceSilvio Rendon
El colombiano Alan García 2Silvio Rendon
Combi-enlacesSilvio Rendon
Trespatines y el PerúSilvio Rendon
Una respuesta: la choledad y el humorDaniel Salas

.  

.  
.   .  
.  
. . .     .    

.    

.

24 jul. 2008

De cuando Fujimori burló a Fidel Por Silvio Rendon

[Reproduzco este artículo del escritor cubano Jorge Daubar. SR.]


Al pie de la Cordillera de los Andes, en la angostura de un valle abierto allí donde se tropiezan los ríos Mosa y Huacheqsa, los incas erigieron una ciudadela a base de piedras y sangre, horadada bajo sus cimientos por largas galerías y túneles que aseguraban el desplazamiento de sus habitantes en caso de asedio enemigo. Se calcula que fue en una fecha tan atrás en el tiempo que faltaban 850 años para que Cristo partiera en dos la historia de la Humanidad. Su altitud es de 3185 metros sobre el nivel del mar y, desde allá arriba, una pequeña posta de guerreros guardaba la entrada de la selva amazónica. Por ese rumbo llegaban los enemigos a dispararles flechas por la espalda.


Perú en la encrucijada

América del Sur es una tierra tan grande que la inmensidad del paisaje no cabe en una mirada de Dios. Un científico alemán llamado Alexander von Humboldt recorrió el continente en varios viajes que lo llevaron a todas partes y, al final, al Perú. Allí se echó a descansar frente al océano Pacífico al que le tomó la temperatura y, en la comparación con el Atlántico, estableció que era ligeramente más cálido. También, completó un catálogo de las riquezas minerales del país tan amplio que le hizo declarar que Perú era “un mendigo sentado encima de un baúl de oro”.

A principios del siglo xx, la sociedad peruana se mantenía en un estado de entumecimiento absoluto, como si los tiempos de la colonia se hubieran movido a lo largo de las generaciones sin variar lo más mínimo. La estratificación social mostraba los mismos cuatro planos que escalonaban el poder, la fe, la economía, la salud y la educación en época de virreyes. Encima de todos, los descendientes de europeos con sus árboles genealógicos plantados en las expediciones de Pizarro. Luego los mestizos, llamados cholos o zambos no sé si por simpatía o desdén, seguidos por la multiplicación empecinada de indios sobrevivientes del exterminio. Abajo, últimos en la escala, aplastados por el peso de los otros grupos étnicos, los negros de Chincha y Callao, tocadores de cajón y guitarra, bailadores y dicharacheros, cuyo origen habría que rastrearlo en las grandes haciendas azucareras de Cuba. Y de un peldaño al otro en sentido descendente, la más inicua discriminación y vasallaje. Como símbolo de ese panorama se dio el gamonal, esbirro del patrón y siervo en una sola pieza humana.

A todo esto se sumaba el capcioso repartimiento del gobierno que iba de un bando oligárquico al otro como una veleta empujada a tiros por los militares o por la demagogia de los políticos que, alguna que otra vez, accedían al gobierno por las buenas y en plazos cortos. No obstante este ambiente regresivo, la cultura nacional acrecentó su acervo con escritores de marca mayor, pintores de buen pincel y escultores a los que no les faltaba inspiración a la hora de darle geometría maestra a sus obras. Y con ella, una prensa ejemplar que sorteaba a duras penas los excesos de cada dictador en su momento. En Perú, el talento siempre ha sido una fiesta.

En 1959, influidos por la revolución cubana, la civilidad de los movimientos revolucionarios, sindicales y estudiantiles se transformó aprisa y sin mayores reflexiones en un afán de violencia que no tarda mucho en extenderse por todo el país. El indigenismo deja de ser una materia meramente académica para convertirse en un asunto de reivindicaciones ancestrales que se despliega en turbamulta con el marxismo. La consigna es irse a las montañas y allá fueron Luis de la Puente Uceda y Hugo Blanco, Héctor Béjar y Javier Hereaud, cada uno por su lado pero con el mismo fracaso en perspectiva. Sin embargo, el APRA es ajeno a las seducciones del fidelismo y se mantiene al margen de esas aventuras. Pero la crisis política advenida, luego de la disolución de la dictadura de Manuel Odría, no se resuelve en términos prácticos y esa acumulación de frustraciones echa al pueblo a las calles. En ese magma se originan los cambios sociales y el APRA cree que ha llegado el momento de Haya de la Torre.

Pero se equivocaron una vez más los apristas. El turno les tocó a los generales peruanos que iniciaron una gestión desastrosa del gobierno, principalmente la reforma agraria dictada bajo la consigna de “Campesino, el patrón no se alimentará más de tu miseria”, cuyo resultado inmediato fue poner en dieta magra a todo el país. Se hacen moda José Carlos Mariátegui, su obra Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, y toda la izquierda rival del APRA se abalanzó sobre los cargos públicos y el Sistema Nacional de Movilización Social (SINAMOS) que, a la larga, debió haber sido y no fue la metástasis del Partido Comunista de Cuba (PCC). Del fracaso de los generales peruanos se deriva un nuevo conflicto insurreccional polarizado por el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) y Sendero Luminoso, mutuamente excluyentes por definición ideológica y étnica. El primero fue una creación de Victor Polay Campos, un joven aprista mudado al fidelismo y, el segundo, por el profesor de filosofía y disidente del Partido Comunista del Perú, Abimael Guzmán.

Recuerdo mi arribo a Lima en marzo de 1991, a medianoche, y en el trayecto a casa de mis suegros un panorama tétrico y desalentador de cualquier emoción turística. Al ir de paseo la mañana siguiente, el comentario a mi esposa de entonces fue que “había salido de Guatemala para entrar en Guatepeor”. Los espléndidos barrios de Miraflores y San Isidro deslucían sus fastos originales y el centro de la capital rebosaba de mendigos y ladrones. Era tan absurda la vida en Perú que se podía adquirir un dólar norteamericano con sólo 55 céntimos. Una tasa de cambio petrificada por la demagogia y el latrocinio. El primer helado peruano, comprado a un vendedor ambulante, casi me vacía la escasa dotación de dólares que había podido sacar de Cuba.

Causaban pavor los atoramientos del tránsito, mucho más si involucraban a carros de policías o militares porque para ellos podían significar la muerte. Su lucha contra los subversivos fue una misión ingrata en la que cometieron excesos lamentables que hoy pretenden algunos cobrarles en demasía. Ellos recuperaron la Universidad de La Cantuta controlada por los senderistas, y desbarataron el plan de apoderamiento de la capital mediante un cerco de villas miseria en las que no había otra ley ni otro orden que el maoísmo o las mutaciones fidelistas. Allí se ensayaba el porvenir que le hubiera tocado a Perú en caso de que sus instituciones hubieran sido abatidas por la subversión. Pero, a pesar de la tragedia nacional, fui muy feliz en Lima. Perú me dio un amor para recordar cordialmente, un trabajo de periodista en la revista OIGA y amigos que todavía me quieren.

Ese es el escenario en que se había efectuado la captura en 1989 de Victor Polay Campos, en la Plaza Huamanmarca de Huancayo, una ciudad típica de la sierra peruana, al que sustituye Luis Néstor Cerpa Cartolini en la jefatura del movimiento sin que pueda evitar, a la larga, las desilusiones y desánimos que corrompen y merman a la manada sediciosa. Ya yo había viajado a Miami cuando, en 1992, cayó preso Abimael Guzmán Reynoso, en la antesala de una de esas hermosas noches limeñas del mes de septiembre, en que el verano es fresco aún y la luna brilla en el Cielo. El arresto del presidente Gonzalo marca la declinación definitiva de Sendero Luminoso que se hará polvo y cenizas. Un fenómeno de extinción similar al que ya experimentaba el MRTA. Ambos trabajos atribuibles al general de la Policía Ketín Vidal, obligado después a la jubilación por la envidia y los recelos de Fujimori, Vladimiro Montesinos y otros oficiales del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN).

Cuando retorno a Lima en 1994 muchas cosas habían cambiado desde el autogolpe de Fujimori, en abril de 1992. Lo primero que observo a mi paso por la Avenida del Ejército, rumbo al hotel donde me alojaría, es que la ciudad se ve más limpia, se ha dinamizado el tránsito a pesar del número mayor de vehículos modernos que recorren las calles, los edificios de apartamentos y oficinas, cuya construcción había sido paralizada, se hallan en proceso de acabado, los comercios están atestados de clientes y la gente, al fin, ríe de nuevo. El país ha recobrado la vida. Eso es bueno para los negocios y para mí que, en esa segunda temporada, iba a cumplir con una labor gerencial.

Es un año largo en el que tengo la oportunidad de aprender mucho más acerca de Perú. Por ejemplo, las características de una “dictablanda” que permite el funcionamiento del Congreso pero lo controla mediante la extorsión, el soborno y el miedo. Que la libertad de prensa puede ser un espejismo malévolo por que es el gobierno quien asigna la propaganda oficial, cuyo presupuesto es superior a todo el gasto publicitario de las empresas privadas. Y que, a pesar de todo esto, el presidente del Perú poseía un alto porcentaje de popularidad entre la población. El “chino” caía bien y la gente lo quería. Una experiencia más es que muchos de mis amigos, que eran opositores en 1991, se habían pasado al bando fujimorista o, simplemente, entraron en una etapa contemplativa, inducidos por lo bien que les iba en los negocios.

Otras experiencias adicionales fue que el terrorismo se había replegado y en su lugar eran los delincuentes y los choferes de “combis” los que marcaban la peligrosidad de las calles. A los primeros no había quien les atajara por que estaban en todas partes y los segundos, ni a fuerza de multas cumplían las reglas del tránsito. Los “terrucos” que habían depuesto las armas en su transfiguración eran dueños o empleados de compañías de seguridad privadas, oficiaban como guardaespaldas de gente importante o colaboraban con la Dirección Nacional Contra el Terrorismo (DINCOTE). Algunos, muy eficientemente. Por supuesto, hubo quienes continuaron adelante en su filiación fidelista al extremo de cumplir misiones esporádicas para el Departamento América del PCC o servir como agentes de la DGI. Por su parte, el desencanto senderista se resolvió con una desbandada ridícula hacia ningún lugar por que ya China no estaba dispuesta a ofrecerles santuario.

De vuelta en Miami, muy cerca de la Nochebuena de 1996, exactamente el 17 de diciembre, nos enteramos por la televisión que un comando del MRTA había invadido la embajada de Japón en Lima, donde casi un millar de invitados festejaban el cumpleaños del Emperador Akihito. En apariencia, el propósito de Cerpa Cartolini era conseguir la liberación de más de 400 emerretistas presos y torcer el rumbo neoliberal del gobierno. En realidad, era algo tan prosaico como ponerse frente a frente con Víctor Polay Campos, que se negaba a entregar las claves y localizaciones de los depósitos bancarios de la organización. De hecho, una colisión malvada entre jefes que arrastró a la muerte a un montón de muchachos recién salidos de la adolescencia. Ellos fueron los verdaderos perdedores.


Operación Chavín de Huantar

El tratamiento de situaciones como esa era un protocolo de conformidades comúnmente seguido por los gobiernos del mundo, que los secuestradores daban por descontado. Ningún político quería arruinar su carrera con la responsabilidad por un montón de muertos y, por eso, se avenían a todas las exigencias de los plagiarios. Una debilidad que hacía las veces de carta blanca para que la inseguridad personal fuera el más común de los peligros que enfrentaba cualquier ciudadano. Pero, esta vez, todo fue diferente.

En cuanto se iniciaron los contactos con los secuestradores, Fujimori estableció unas reglas de juego que luego pareció cambiar. Dijo que no negociaría ni libertades ni vidas pero, al salir de la primera reunión con el ministro de Relaciones Exteriores de Japón, le dio vuelta aparente a su actitud anterior y declaró que estaba abierto a cualquier solución. En prueba de buena fe los secuestradores iniciaron la liberación paulatina de docenas de secuestrados, hasta que la población retenida en la embajada descendió a poco más de 70 hombres, todos ellos altas personalidades de la vida nacional. Mientras esto ocurría, en el SIN comenzaron a elaborar un plan de rescate que debería ser no sólo exitoso, sino además incruento.

Todo el que ingresaba a la sede diplomática cumplía una misión de ayuda. Hasta el cardenal Cipriani cargó con una guitarra para el vicealmirante Giampietri que ocultaba un micrófono de sutil fidelidad. El personal sanitario, incluido el médico, pasaron otros micrófonos y un par de cámaras de video. A pocas cuadras del lugar, en una instalación secreta del SIN un equipo de especialistas se enteraba de todo lo que ocurría dentro de la embajada. Sus minuciosos informes llegaron a la exquisitez de identificar por sus nombres a los asaltantes a pesar de que cubrían sus rostros con pañuelos de colores.

Para hacer más creíble la comedia, Fujimori viajó a República Dominicana, a entrevistarse con el presidente Leonel Fernández, y a Cuba para pedirle cooperación a Fidel. Después de todo, el MRTA era una hechura de Manuel Piñeiro y la influencia que ejercían sobre ellos era tan notoria que podía ser calificada de subordinación. La petición de Fujimori a ambos jefes de Estado fue similar: Hospedaje para los secuestradores. Con Fidel fue un poco más lejos, sugiriendo que su ascendiente sobre los emerretistas podía conseguir la liberación inmediata de los rehenes, pero recibió una negativa por respuesta. Según Fidel, el vínculo con Cerpa Cartolini se limitaba a una relación meramente política, de compañeros de ideales y nada más. Pero el punto se había conversado al más craso estilo diplomático y las culpabilidades por lo que ocurriera serían compartidas por ambos gobiernos, algo que Fidel entendió de inmediato. Fujimori regresó a Lima y la DGI recibió la orden de ponerse en acción. El asunto pasaba del Departamento América a ellos. Fidel creyó que iba a ser la estrella del acontecimiento y quiso estar bien preparado para desempeñar el papel de salvador, algo que al chino no le había pasado por la cabeza.

Las negociaciones continuaron y el entra y sale de los representantes del gobierno a la residencia diplomática era diario, lo que obró como un elemento debilitador de la moral de los emerretistas. La programación de los canales de televisión fue reelaborada para ofrecer cuanta película de secuestros fallidos pudo ser encontrada en las bóvedas de las distribuidoras cinematográficas. Afuera se escuchaban, por los altavoces instalados en los alrededores, un surtido de marchas militares y mensajes de familiares no sólo de los secuestrados, sino también de los secuestradores, clamando por una solución pacífica. La intensidad del sonido apagaba los ruidos ambientales en el área, incluido el de los camiones que se llevaban la tierra extraída de los túneles por mineros anónimos trasladados desde Cerro de Pasco. Por allí entrarían los comandos que se estaban entrenando en la réplica de la mansión construida los terrenos de un campamento militar.

A las 3 y 45 del 22 de abril de 1997, luego que Cerpa Cartolini negara la entrada ese día del personal médico, Fujimori le preguntó a Montesinos dónde se encontraban “los chanchitos” y, al saber que jugaban fulbito en el segundo piso, dio la orden de proceder con la Operación Chavín de Huantar, que se ejecutó con una limpieza y profesionalidad insuperables. Una serie de explosiones echaron abajo la puerta principal y abrieron tres boquetes en el piso por donde entraron los comandos y con ellos un vendaval de metralla que, en 46 segundos, cobró las vidas de todos los secuestradores.

Habían creído que la intervención de Fidel les permitiría salir victoriosos y no sobrevivieron a la desilusión. Algunos secuestrados escucharon unos minutos antes a Cerpa Cartolini hablar del uso que haría del dinero guardado por Polay Campos y del mando clandestino que no pensaba devolverle cuando estuvieran todos en Cuba. El resultado del incidente fueron los 17 secuestradores muertos, un par de bajas militares y el fallecimiento de uno de los rehenes a causa de una bala perdida. Por supuesto que hubo cooperación de Estados Unidos, Japón e Israel pero no tanta que el mérito les pueda ser escatimado a los peruanos.

Este artículo lo he escrito a propósito del rescate de Ingrid Betancourt y sus compañeros de cautiverio y es sólo para que, “con las glorias, no se olviden las memorias”. Ahí les dejo esos videos para que escuchen a los protagonistas contar la anécdota.

Jorge Daubar

jorgedaubar@yahoo.com

http://www.adonde.com/videos/070515fujimori.htm

http://www.videos.es/videos.php?query=huantar&pag=1

http://www.videos.es/reproductor/operacionchavindehuantarparte1-(-jTo0P9YzfQ

Etiquetas: , , , , , ,

Links to this post:

Crear un vínculo

<< Home