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10 dic. 2008

Sociedad civil e intolerancia gubernamental Por Gonzalo Gamio

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25 set. 2008

El Gobierno Electrónico como herramienta de combate a la corrupción Por Andrea Naranjo Gamarra

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27 may. 2008

¿Tiempos macartistas? Por Gonzalo Gamio

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28 abr. 2008

La Cacería de Brujas se reanuda (La "clase política" y los DDHH) Por Gonzalo Gamio

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25 abr. 2008

Un error funesto Por Gonzalo Gamio



La negativa del Parlamento Europeo al pedido de incluir al MRTA en la lista de organizaciones terroristas ha desencadenado una ola de indignación en el país. Resulta profundamente decepcionante que esta decisión haya sido aparentemente tomada luego de recibir una carta, firmada por Francisco Soberón y Miguel Jugo, directivos de APRODEH. En dicha carta se sostiene que "no se debe sobredimensionar la existencia y actividad de un grupo como el MRTA, algo que puede servir para perseguir a activistas sociales y opositores políticos, acusándolos injustamente del delito de terrorismo". El documento señala que "desde hace 8 años no se conocen actividades del MRTA, sus principales dirigentes están en prisión, algunos cumplieron sus penas y decenas se encuentran desvinculados viviendo en muchos lugares del mundo"[1].

Vayamos por partes. Es cierto que hoy impera en el Perú la criminalización de la protesta. Los campesinos que manifiestan públicamente su posición frente al caso Majaz, o los ciudadanos peruanos que asisten a reuniones políticas en la Casa de la Cultura de Quito pueden convertirse en acusados de terrorismo o ser víctimas de detenciones arbitrarias (el caso de Melissa Patiño y de Carmen Azparrent son los casos más sonados, pero no son los únicos). Tales acusaciones y detenciones están a la orden del día y cuentan con un soporte mediático escasamente responsable (por ejemplo, el lamentable “informe” de César Hildebrandt Chávez). Es cierto también que el brazo militar del MRTA está básicamente vencido y desactivado. Sin embargo, no es cierto que el grupo terrorista haya desaparecido del todo. Aun opera “políticamente” en la web, y – hasta donde se sabe - trabaja en un nivel "ideológico" en otros países. Polay ha renunciado a la prédica de la “lucha armada” – y cuenta con el respaldo de políticos apristas en actividad, como el controvertido y pintoresco Javier Valle Riestra o incluso Armando Villanueva, un líder histórico del partido de gobierno -, pero resulta precipitado declarar ‘oficialmente muerto’ al MRTA. Que se trataba de un grupo terrorista particularmente sanguinario y cruel, no cabe la menor duda. Tanto las crónicas de la época como el propio Informe Final de la CVR ponen de manifiesto la entraña criminal del MRTA, evidenciada en la práctica del secuestro sistemático y el homicidio (Conclusiones 34 y 35). Es cierto que APRODEH no niega tal condición, pero su sugerencia expresa limita de facto el control que pueda establecerse sobre este grupo delictivo en tierras europeas.

Pero el efecto de esta carta de APRODEH puede ser realmente funesto para la lucha por los Derechos Humanos en el país. Refuerza la tesis conservadora y fujimorista – difamatoria y notoriamente falsa – de que los organismos de Derechos Humanos protegen a los grupos terroristas. Esa es la idea que congresistas próximos al fujimorismo como Giampietri y Raffo han querido transmitir desde el inicio de la administración García. Esta situación echa más leña al fuego del odio - generado entre la “clase política” y los diarios de ultraderecha – contra los sectores progresistas al interior de la sociedad civil. Finalmente, endurece las políticas de represión; se espera una mayor criminalización de la protesta, y más detenciones arbitrarias en un corto plazo. Ya políticos jurásicos como Flores Aráoz o el propio Giampietri han señalado que todo esto es consecuencia del Fallo del Tribunal Constitucional que declaró inconstitucional la medida que propiciaba el control de APCI sobre las ONG.

Se viene una nueva ola macartista en los fueros políticos, y esta vez es posible que asuma mayor virulencia tanto en las posiciones del gobierno como en los sectores autoritarios; lamentablemente, la Dirección de APRODEH ha propiciado esta gravísima situación con esta propuesta tan insensata y discutible. Ya la Coordinadora de Derechos Humanos ha cuestionado severamente este monumental despropósito. Es cierto que en el pasado APRODEH ha realizado una importante labor en materia de promoción y defensa de los Derechos Humanos – han pasado por allí activistas de la talla de Eduardo Cáceres, y hoy cuanta con la presencia de espíritus agudos y notables como Wilfredo Ardito, cuyo trabajo constituye un auténtico baluarte en la lucha contra el racismo -; no obstante, esta decisión de sus directivos ha sido desafortunada y deplorable. De acuerdo con las sabias enseñanzas de la tragedia griega, la falta de lucidez constituía la fuente del fracaso de los seres humanos en cuanto al logro de sus aspiraciones y convicciones. La situación que comentamos constituye un clarísimo caso de hybris. Esperemos que la conciencia de este error lleve a esta importante institución por el camino de la rectificación, y que estas circunstancias no perjudiquen sustancialmente la lucha por los Derechos Humanos, cuyo éxito resulta indispensable para la auténtica democratización del país. Lo que es indudable es que esta penosa coyuntura será aprovechada al máximo por los enemigos de esta importante causa.

[1] Fuente: Diario La República 25-4-08 pp. 2-3.

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14 abr. 2008

¿Qué es la Sociedad Civil? Por Gonzalo Gamio


Desde los tiempos de la lucha contra la dictadura y la recuperación de la democracia, el concepto de sociedad civil[1] - así como su rol al interior del régimen republicano - ha cobrado una singular importancia en la discusión pública en el país. En los fueros parlamentarios y ciudadanos, hoy se discute acerca de la necesidad de encontrar alguna forma por la que la sociedad civil pueda estar presente incluso en las comisiones de reforma del Poder Judicial o en la formación de eventuales “consejos de ética” que supervisen la actuación de los medios de comunicación o los poderes del Estado. Por otro lado, se asocia fuertemente el concepto de sociedad civil con los espacios ordinarios de participación directa del ciudadano común en los debates públicos y en el diseño de programas sociales y políticos. Se dice – y creo que con toda razón – que en nuestro tiempo podemos identificar una sociedad como realmente democrática en la medida en que cuente con una sociedad civil organizada.

En la historia de la filosofía política occidental, por “sociedad civil” se ha entendido tres cosas diferentes, que es preciso no confundir (como se ha hecho, por desgracia, muchas veces[2]). Inicialmente, societas civilis constituía la expresión latina para traducir koinonía politiké (comunidad política), concepto utilizado por Aristóteles y otros pensadores griegos de la vida pública. Los autores romanos, Hobbes y Kant utilizaban el término como sinónimos de “Estado” y “estado social”. El primero en distinguir filosóficamente entre el Estado y la sociedad civil fue Hegel, tanto en la Enciclopedia de las ciencias filosóficas como en sus Principios de filosofía del derecho. En su concepción de la Eticidad moderna, reconoce con claridad tres instancias éticas de interacción humana: aquella en la que la sangre y el afecto mutuo es el fundamento de los vínculos humanos (la familia); el ámbito de las relaciones socioeconómicas desarrolladas en el mundo del trabajo y del mercado (sociedad civil) y los espacios de deliberación y decisión políticas (el Estado). Para Hegel y los hegelianos del siglo XIX - en el pensamiento de Marx, la visión hegeliana de la sociedad civil es aplicada sin mayores cambios - se trata del espacio en el que se plantea el conjunto de conflictos de interés y necesidades, y de los vínculos pre-políticos de solidaridad particular (corporaciones) y pública (policía).

El tercer concepto de sociedad civil corresponde la definición actualmente en uso en la filosofía política contemporánea. Es también el enfoque que goza de consenso al interior de las teorías de la democracia y el que subyace a nuestras polémicas cotidianas en la arena pública. En un sentido posthegeliano - republicano o cívico-humanista - se llama “sociedad civil” al conjunto de instituciones cívicas y asociaciones voluntarias que median entre los individuos y el Estado. Se trata de organizaciones que se configuran en torno a prácticas de interacción y debate relacionadas con la participación política ciudadana, la investigación, el trabajo y la fe; constituyen por tanto espacios de actuación claramente diferenciados respecto del aparato estatal y del mercado. Las Universidades, los colegios profesionales, las organizaciones no gubernamentales, las comunidades religiosas, etc., son instituciones de la sociedad civil. La función de estas instituciones – desde un punto de vista político – consiste en articular corrientes de opinión pública, de actuación y deliberación ciudadana que permita hacer valer las voces de los ciudadanos ante el Estado en materia de vindicación de derechos y políticas públicas. Ellas buscan configurar espacios públicos de vigilancia contra la concentración ilegal del poder político (y económico).

Al Estado compete la administración del poder, la sociedad civil debe velar porque el Estado no desarrolle políticas autoritarias, respete la legalidad y escuche las voces de los ciudadanos. Por otro lado, la actividad crítica de sus instituciones puede ponerle límites a las pretensiones de lobbies económicos por influir en el ámbito del Estado para imponer en la legislación y en las medidas del ejecutivo el sello de sus intereses particulares. En un sentido importante, la sociedad civil constituye el lugar propio de la política activa en un sentido clásico, dado que configura el espacio desde el cual los ciudadanos participan – a través de la palabra y la acción – de la construcción de un destino común de vida. A través de sus instituciones – y la mayoría de nosotros pertenece al menos a una de ellas - podemos influir en las decisiones de los políticos y del Estado. La presencia de ciudadanos organizados en las instituciones de la sociedad civil permite que los asuntos públicos no queden exclusivamente en las manos de una cúpula de gobierno o de un grupo de políticos profesionales. La ciudadanía comprometida combate así los brotes autoritarios – sutiles o gruesos, como los de la funesta década de los noventa - implícitos en la lucha partidaria o gubernamental por el poder.

Desde hace algunos años – en una época que coincidía con la lucha contra el fujimorato desde la propia sociedad civil – los sectores conservadores han cuestionado el rol de la sociedad civil en la política moderna. Desde algunos artículos con pretensiones académicas, hasta columnas de opinión escritas desde las almenas del antiguo y el "nuevo" Expreso, Correo y el inefable La Razón, han intentado una y otra vez simplificar el carácter y alcances de la sociedad civil, así como su relevancia para la reconstrucción de la democracia peruana. Ellos identifican sin más la sociedad civil con las diversas organizaciones no gubernamentales que operan en nuestro país (organismos de Derechos Humanos, asociaciones de promoción social y cultural, entre otras instituciones que jamás han gozado de sus simpatías), insinuando su desconexión con el ciudadano de a pie. En otro tiempo, se sugirió que estas organizaciones podrían representar “los oscuros intereses de ideologías foráneas”. Hoy, se preguntan a quiénes simplemente representan. Mientras los presidentes y parlamentarios representan al conjunto de sus electores, los investigadores y activistas de las ONGs – y por extensión, a los miembros de la sociedad civil, pues esta es el objetivo real de la crítica – no representan a nadie[3].

No voy a detenerme en el caso específico de las ONGs, que merecería un artículo aparte. Sólo señalaré que es importante resaltar la labor decisiva de muchas de ellas en la defensa de los derechos de los peruanos más desfavorecidos en el Perú. Las insinuaciones contra ellas la mayoría de las veces simplemente son fruto del prejuicio y la ignorancia. No obstante, es preciso señalar que ellas no constituyen la sociedad civil, sólo son una parte de ella. Creo sin embargo que es necesario tomar al toro por las astas y enfrentar la objeción conservadora en contra la sociedad civil, tomarla en serio y responder a ella, a pesar de la mala fe que lleva implícita. Considero que la crítica encierra un grave malentendido, que revela la profunda ignorancia que padece este punto de vista respecto de las formas y escenarios de la ciudadanía democrática.

La lógica de las instituciones democráticas no se agota en la representación. Ese es el caso de las autoridades del gobierno y el de los congresistas. En virtud de los procesos electorales que los erigen como tales, ellos tienen el deber de transmitir en los fueros del Estado las propuestas y preocupaciones de sus votantes. Sin embargo, ello no impide que los ciudadanos puedan – y acaso deban – intervenir directamente en la deliberación cívica y en la configuración pública. Ellos tienen derecho a intervenir en la discusión política, a vigilar y criticar la conducta de las instituciones estatales en una democracia. Algunos políticos e intelectuales comsideran que la “actividad política” se reduce a la labor de los partidos políticos y sus líderes; al ciudadano común no le quedaría otra cosa que dedicarse a sus deberes laborales y familiares y cruzar los dedos para que los “políticos” hagan “bien” su “trabajo”. Ello no genera otra cosa que prácticas autoritarias veladas, y pérdida de libertades cívicas. Representación y participación ciudadana son dimensiones necesarias y complementarias en una democracia. La sociedad civil no pretende usurpar la labor de los partidos o de las autoridades, sino ofrecer espacios para la práctica política ciudadana. La pregunta “¿ A quién representan los ciudadanos que actúan desde las instituciones de la sociedad civil?”, no es una buena pregunta, en el sentido que no ha sido pensada con rigor. Cuando el ciudadano interviene políticamente, desde o en la sociedad civil, no representa a nadie – no a la manera de los parlamentarios o los partidos – o mejor, se representa a sí mismo en tanto agente social y político. No necesitamos ser elegidos para actuar como ciudadanos. Sin el soporte de la praxis ciudadana, la representación puede derivar en el “tutelaje” de las autoridades estatales, de ciertas instituciones sociales, o de los partidos políticos. El ciudadano puede optar por participar en el debate político sin que nadie pretenda hablar por él.

No es difícil percatarse de cuán decisivo para la concreción de las libertades políticas la existencia de la sociedad civil. Ella configura espacios ciudadanos para la crítica y el compromiso cívico directo. Frente a la vocación administrativa del Estado, y los peligros que ella conlleva - la corrupción y el autoritarismo, por ejemplo - el espíritu vigilante de la sociedad civil constituye un elemento necesario para mantener el aparato estatal y a las organizaciones partidarias en el cauce democrático. Esta tesis llama nuestra atención acerca de la importancia fundamental de la disposición del ciudadano común frente a la actividad política. Contrariamente a lo que suele pensarse, su interés por la participación o su renuencia a intervenir en los asuntos públicos genera consecuencias decisivas en lo relativo a la solidez de las instituciones democráticas o en su defecto, al reciclaje de los dictadores corruptos que han lacerado nuestra corta vida republicana. Como tantas veces en la historia, el futuro de la democracia está en las manos de sus ciudadanos y no exclusivamente sobre los hombros de la autodenominada “clase dirigente”. Nuestro reto estriba en estar dispuestos a ejercer plenamente nuestra condición de actores políticos.



[1] Voy a recurrir en este texto a trabajos previos sobre el concepto de sociedad civil que he elaborado para el Glosario de términos desarrollado por el Grupo de Apoyo a la CVR .
[2] Confróntese por ejemplo, Hernando, Eduardo ”¿Y ahora quién podrá salvarnos?: ¿la Sociedad Civil ola Sociedad Anónima?” Deconstruyendo la legalidad Lima, PUCP / ADP 2001 pp. 213 – 238. Allí se confunde sistemáticamente el sentido hegeliano – marxista con el concepto republicano, que desarrollaré en un momento.
[3] Esa fue la crítica esbozada por Francisco Tudela en un breve libro editado por el Parlamentoal final de la década pasada. Véase Tudela, Francisco Libertad, globalización y políticas nacionales Pie de Imprenta: Lima, Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2000.

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¿Quiénes son "la sociedad civil" en el Perú? Por Silvio Rendon

A partir del post Lucanamarca: 25 años de José Talavera, platicábamos sobre la sociedad civil en el Perú. José escribía sobre
las ONG's (que, por cierto, son parte de la sociedad civil pero no TODA la sociedad civil).
Al respecto le aportaba este enlace de 2000, cuando la Organización de Estados Americanos envío una misión al Perú por la crisis final del gobierno de Fujimori. Hubo sesiones preparatorias donde participaron el gobierno, congreso, oposición, empresarios y "la sociedad civil", siendo esto último lo más interesante. He aquí la lista de representates de la "mesa redonda de la sociedad civil":

Civil society roundtable

- Sofía Macher, Secretaria Ejecutiva, Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH)
- Carlos Basombrío y Ernesto de la Jara, Directores, Instituto de Defensa Legal (IDL)
- Ana María Yañez, Movimiento Manuela Ramos
- Rosa María Alfaro, Miembro del Consejo Directivo, Calandria
- Susana Villarán, Mujeres Por la Democracia (MUDE)
- Franciso Soberón, Director, Asociación Pro Derechos Humanos
- Relinda Sosa, Dirigenta de la Central de Comedores Populares de Lima y Callao
- Rafael Roncagliolo, Secretario General, Transparencia
- Francisco Diez Canseco Távara, Presidente, Consejo Por la Paz
- Dr. Enrique Bernales, Director Ejecutivo a.i., Comisión Andina de Juristas
- Sr. José Luis Risco Montalvan, Presidente, Confederación General de Trabajadores del Perú
- Francisco Sagasti, Presidente de Foro Nacional Internacional y Director de Agenda Peru
- Ernesto de la Jara, Director, Instituto de Defensa Legal (IDL)
- Luis Jaime Cisneros, President, Transparencia
- Gil Inoach, Coordinator, Conferencia Permanente de los Pueblos Indígenas del Peru (COPPIP)
- Jorge Chavez, Miembro de la Red de Coordinación de Iniciativas Juveniles
- Ramiro García, Comité de Agrupaciones Juveniles de Lima y Callao y Jóvenes del Sur
- Martin Belaunde Moreyra, Decano, Colegio de Abogados de Lima, Junta de Decanos de los Colegios de Abogados del Peru
No sé, pero esto me ha hecho recordar a la época en que el sitio de China en las Naciones Unidas (incluyendo el Consejo de Seguridad de la ONU) estaba ocupado por Taiwán y China estaba fuera de las Naciones Unidas. Sólo en 1971 la comunista "República Popular China" y no la capitalista "República de China" pasó a ocupar ese escaño (ver aquí). Lo justo es justo.

Lo que quiero decir es que la sociedad civil peruana está representada por la gente equivocada, y no sólo en ese evento. Las ONGs son organizaciones privadas, que representan básicamente a grupos muy pequeños de personas. Ya, que vayan una que otra ONG, pero en esta lista la gran mayoría de convocadas son ONGs. Una clara sobre-representación. No pues.

Claro, en 2000 el grueso de la sociedad civil, debilitada durante el fuijmorismo, estaba fuera de esta "mesa de diálogo" promovida por la OEA. Por ejemplo, quienes más se movilizaron para que caiga Fujimori fueron los estudiantes, y en esta reunión no aparecen por ningún lado....

Cual Luis XIV en Francia diciendo "el estado soy yo", pareciera que un grupo de ONGs pudiera decir "la sociedad civil somos nosotros".

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