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29 ago. 2008

Sobre la desigualdad II Por Carlos

En el presente post, desarrollo una extensión a un ejemplo introducido por el colega Stanislao Maldonado en una reflexión muy interesante sobre ciertas limitantes que podrían surgir en torno al concepto de igualdad de oportunidades, cuando este es aplicado a situaciones de estructuras sociales muy desiguales. Recomiendo la lectura de su post completo antes de proseguir (ver "Problemas con la igualdad de oportunidades"). Así mismo, algo ya he tocado sobre el tema anteriormente, aquí.

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Sea una situación hipotética en la que el grado de movilidad social que enfrenta cada persona a lo largo de su vida depende exclusivamente de su posición inicial en la sociedad, la cual a su vez, depende exclusivamente del "ticket" que le toca al nacer en la lotería del nacimiento.

En este caso, los tickets determinan dos posibles resultados: nacer pobre o nacer rico. La única gran diferencia que ello implica es que, de nacer pobre, se requiere de mucho mayor esfuerzo para mantener un determinado nivel de vida "mínimamente digno" (digamos, aquel mínimo con el cual se satisfacen las necesidades básicas) que si se naciera rico.

Dicho esto, si reconstruimos el ejemplo de Stanislao sobre los supuestos anteriormente señalados, estaríamos en una situación de perfecta igualdad de oportunidades en tanto las probabilidades de obtener cada ticket (aún así sean muy desiguales) son las mismas para todos y, en un sentido estricto, el bienestar de cada persona depende exclusivamente de su esfuerzo.

Lo que entiendo que podría ser señalado como un problema en este caso, es que el esfuerzo necesario para alcanzar un nivel de vida mínimamente digno es desigual entre las personas, ya que varía de acuerdo al "ticket" que le ha tocado a cada uno al nacer; aún así este, dependa exclusivamente de la mera suerte (en ingles, brute luck).

Lo que quisiera hacer notar es que esto no sería un problema tan grave ya que, al no haber personas excluidas de alcanzar un nivel de vida digno, esta situación es moralmente superior a cualquier situación en la cual el nivel mínimo de vida digno siempre es inalcanzable para algunos.

Es decir, creo que todos podemos estar de acuerdo en que una situación heterogénea en grados de movilidad social, siempre sera preferible frente a una situación en la cual al menos una persona en la sociedad enfrenta nulas posibilidades de movilidad social.

La pregunta que me gustaría plantear finalmente (y que en verdad no puedo responderme aún con certeza) es la siguiente: Cúal debería ser el objetivo de política deseable en este caso; ¿que la movilidad social sea absolutamente flexible (i.e. que cada persona pueda tener la vida que desea y/o valora tener mediante un mismo nivel de esfuerzo); ó que la movilidad social sea al menos lo suficientemente flexible como para que, por lo menos, nadie quede impedido de alcanzar un nivel de vida minimamente digno?

En otras palabras, ¿hasta donde debería apuntar una política orientada a "nivelar el nivel de juego"? (en el sentido definido por Roemer, claro está).
Actualización:
Una joyita para los que nos pica la curiosidad en estos temas (pase de taquito de Martin Moreno):
Roemer J. E. (2007) Equality of opportunity. In: Blume L, Durlauf S (eds) The New Palgrave Dictionary of. Economics (forthcoming)
Aquí el primer parrafo:
Equality of opportunity is to be contrasted with equality of outcome. While advocacy of the latter has been traditionally associated with a left-wing political philosophy, the former has been championed by conservative political philosophy. Equality of outcome fails to hold individuals responsible for imprudent actions that may, absent redress, reduce the values of the outcomes they enjoy, or for wise actions that would raise the value of the outcomes above the levels of others’. Equality of opportunity, in contrast, ‘levels the playing field,’ so that all have the potential to achieve the same outcomes; whether or not, in the event, they do, depends upon individual choice.
Actualización 2 (07/09/2008):
Stanislao continua la reflexión en:
Una breve respuesta a sus comentarios, aquí.

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12 ago. 2008

La seducción del 'lado oscuro' Por Gonzalo Gamio

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31 may. 2008

Ejemplo de Romualdo Por Daniel Salas

Se han escrito ya varias opiniones en torno a la muerte del poeta Alejandro Romualdo, cuyo Canto coral a Túpac Amaru es más popular que lo mejor de su obra. Veánse, como ejemplo, los textos de Rocío Silva Santisteban y de Javier Gárvich, quienes coinciden en lamentar la condición modesta en la que murió uno de nuestros poetas mayores.

No comparto la lamentación por la pobreza cuando ésta es una opción elegida y, lo que es más importante, la consecuencia de haber asumido a plenitud una ética. Por el contrario, me parece que reclamar la atención sobre ella es, finalmente, no respetar la decisión personal de quien decide ponerse al margen de los valores más comunes. Porque para “estar en poesía” como decía Emilio Adolfo Westphalen, resulta necesario rechazar la fealdad, la sordidez, la vulgaridad, la insensibilidad y la codicia que abundan en la vida en común. Y, muchas veces, ello significa renunciar.

La poesía es una búsqueda del sentido, un vehículo para plantearse una relación con el lenguaje. Por ello mismo, muchas veces deviene un distanciamiento del mundo e, incluso, la asunción de una vida ascética y ermitaña. No tiene nada de raro, entonces, que un gran poeta sea un excéntrico porque su manera de experimentar el lenguaje es excéntrica.

Entonces uno no escribe ni lee poesía para hacerse rico sino porque encuentra en ella una dimensión de la experiencia que no puede ser comparada a la que ofrecen las satisfacciones materiales. Por eso, cuando esta manera de ver el mundo se vive intensamente, ciertas comodidades que la mayoría considera imprescindibles para la felicidad burguesa ya no lo son. Estando yo, como lo he señalado varias veces, plenamente a favor del capitalismo, me siento principalmente a favor de la libertad y, con mucho entusiasmo, del lado de aquellas personas que, con su palabra y su ejemplo, nos señalan que la vida buena posee muchas dimensiones, que acceder al poder y acumular posesiones no es ninguna señal de plenitud ni de felicidad y que, a fin de cuentas, la poética y la ética son una.

En la muerte de Romualdo encuentro, pues, una fuerte lección moral y una llamada de atención sobre el intenso ruido de una sociedad que nos oculta otras formas de buscarle significado a la existencia.
Foto de la casa del poeta tomada de aquí en donde se cuenta cómo Romualdo rehuía las entrevistas:
— Ahora no me siento bien. Tal vez en otro momento. Ya veré
— ¿Será posible en otro momento?
— Sí. Otro día. Déjame una nota por debajo de la puerta.
— ¿Se la puedo dejar hoy?
— No. Las cosas se hacen con calma.

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31 mar. 2008

Literatura y Re-creación Por Gonzalo Gamio



¿Qué puede hacer la literatura con nosotros? Este es el tema que me gustaría discutir aquí, hoy. Hace un par de días, me tocó dar una conferencia en el Círculo de Estudios Sociales y Políticos, una asociación dedicada a la reflexión crítica sobre temas de democracia, ética cívica y liberalismo político – yo diría que se trata de una institución que está entregada a un noble y bello propósito: purificar conceptualmente el pensamiento liberal del vulgar “catecismo del mercado” predicado por los Chicago boys, recuperando las fuentes filosóficas y morales del liberalismo en la obra de Locke, Tocqueville, Smith (el de la Teoría de los sentimientos morales), Berlin y Rawls. Esta clase de investigación permite establecer un contraste entre esta venerable tradición filosófica liberal y el fundamentalismo de Hayek y Von Misses. En aquella oportunidad me concentré en resumir y discutir el tema principal de la Lección Inaugural del año académico en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, El cultivo de las Humanidades y la construcción de la ciudadanía, que expuse hace dos semanas. La idea fundamental de mi exposición era que el cuidado de las 'Letras' – la filosofía, la historia, y particularmente la literatura – contribuyen a fortalecer y refinar nuestro sensum humanitatis (nuestro “sentido de humanidad”) a partir de una aproximación reflexiva a los contextos y conflictos propios de la singularidad humana. Mientras el pensamiento económico y el razonamiento jurídico pueden tender a abstraer a los individuos de sus atributos sustanciales y a arrancarlos de sus mundos vitales (convirtiéndolos en “electores racionales” que sopesan “costos y beneficios”, o en las “partes” del “contrato social”), la reflexión literaria procura retratarlos como seres situados y relacionales, personas de carne y hueso, que piensan y sienten, dudan y actúan en escenarios en los que no han elegido vivir. La literatura ofrece un material preciso a la deliberación moral. Como se recordará, Iris Murdoch y Martha Nussbaum han desarrollado persuasivos argumentos que van en esta dirección.

Creo que logré mostrar mi punto. Necesitamos una ética de la compasión y un sentido de la injusticia que nos permita percibir al otro – incluso el que no comparte nuestro origen, cultura, credo, género o hábitos sexuales – como uno de nosotros, titular de derechos inalienables y miembro de nuestra comunidad política, si es que esta se define efectivamente como genuinamente democrática. La formación literaria contribuye con la adquisición y el cuidado de las disposiciones de juicio y carácter que hacen posible esa clase de discernimiento ético-político e imaginación empática. Me valí de un examen de Las Suplicantes de Eurípides y de Rosa Cuchillo de Oscar Colchado para ilustrar cómo podría funcionar esta tpolémica esis en la academia y en el espacio público. Ya en la ronda de preguntas, noté que los participantes del Círculo – en su mayoría jóvenes sumamente agudos y elocuentes – examinaban con entusiasmo estas ideas y las discutían con interés. Definitivamente, sus sugerencias y sus críticas han contribuido - como los comentarios de mis colegas de la UARM a mi conferencia original - a la reformulación del texto original.

Fue entonces cuando el fundador y mentor de la asociación se dirigió a mí. Es un notable jurista y un entrañable profesor de derecho, que ha formado generaciones enteras de abogados y jueces a lo largo de décadas en las más prestigiosas facultades universitarias del país. Había escuchado con atención mi exposición, y había seguido y aportado decisivamente en la discusión que siguió. Su intervención final, empero, me desconcertó un poco. “No olvidemos”, señaló, “que – como dice Vargas Llosa – el propósito fundamental de la literatura es la recreación”. Más allá de la alusión a nuestro más célebre novelista – debo señalar que un comentarista de este blog acaba de mostrar con los textos en la mano que este punto de vista no puede atribuírsele a Vargas Llosa (anticipo que no aludiré al juicio de este autor sobre el asunto, porque me faltan herramientas para hacerlo) – me quedé pensando qué había querido expresar realmente este experimentado maestro con esta observación.

Lo primero que pensé es que deseaba relativizar mi tesis (una estrategia perfectamente válida en los juegos dialécticos que acompañan esta clase de conferencias). Lo segundo que me vino a la mente es que, como observación histórica, su afirmación categórica - la literatura busca fundamentalmente entretener - era evidentemente falsa: La función específica de la tragedia griega, del auto sacramental cristiano o de la novela existencialista o indigenista en el siglo XX - por poner sólo unos ejemplos - no era la “recreación” (en el sentido de divertimento). Resulta difícil aceptar una aseveración tan gruesa como pauta de evaluación de la historia de la literatura, de tantas obras y tantos géneros diferentes. La literatura también ha pretendido mejorar la vida, refutar prejuicios, provocar un cambio de perspectiva sobre las cuestiones que interesan a las personas.

No se me malinterprete. No creo que exista disciplina o actividad humana a la que pueda imponérsele (menos aún desde fuera) una "meta única" (esa concepción confusa y poco consistente sólo existe en la mente de de los teólogos conservadores). Toda disciplina o actividad puede orientarse según una multiplicidad de fines, cuyo valor jerárquico es materia de discernimiento y decisión por parte del usuario o del practicante (en el caso de la literatura, el lector o el autor). No tengo nada contra el entretenimiento o el puro goce estético. Autores como Homero, Nietzsche, Goethe o el propio Vargas Llosa me han brindado horas de grata lectura a la vez que edificación intelectual. Igualmente, autores tradicionalmente tipificados como de “literatura de entretenimiento” como Conan Doyle, Pérez Reverte o Ian Fleming me han revelado no pocas intuiciones sugerentes sobre la vida humana que yo juzgo importantes para mi propio trabajo filosófico. Creo que podemos apreciar la literatura tanto por sus aportes en los procesos de resignificación moral y en las experiencias de esclarecimiento existencial como por el placer que produce una buena lectura. No obstante, no quiero perder de vista los vínculos existentes entre la imaginación literaria con el desarrollo de una ética de la compasión.

Temía que la observación de mi amigo catedrático pudiese – de modo involuntario, claro está –debilitar o banalizar mi tesis. Que la literatura pudiese contrubuir con el ejercicio de una ciudadanía inclusiva - y que pudiese contribuir con la humanixzación del derecho y la economía - me parece una tesis que merece ser defendida poderosamente, recurriendo a sólidos argumentos y a metáforas convincentes. Por ello, opté por ‘darle la vuelta’ a su propia afirmación, de modo que se pusiese al servicio de mi propia propuesta. Dije que, en efecto, la literatura busca la recreación, pero no fundamentalmente en el sentido de “recreo” sino en el de re-creación, re-construcción crítica del mundo. Esta interpretación evocaba la capacidad de la literatura de someter a examen y reformulación crítica el 'bosquejo común' de la realidad experimentada (y las posibilidades de sentido que le subyacen). El eco del romanticismo en esta tesis es evidente. La literatura contribuye al des-cubrimiento de nuevos conceptos y metáforas que permiten contemplar la vida propia y ajena de manera aguda y penetrante. La reconstrucción compleja de personajes, situaciones y conflictos nos permite ponernos en el lugar de otras vidas, reconocer la fuerza de otros argumentos y emociones, una operación que amplía nuestro mundo significativo, enriquece nuestra capacidad de juicio y percepción, y re-vela nuevos espacios y sentidos posibles para la reflexión y el compromiso cívico. La literatura exhibe de modo clarividente y plausible una realidad que puede ser conmovedora y fascinante, describe un mundo que puede suscitar nuestro asombro o puede invitarnos a su transformación política. Si además de ello este trabajo produce genuino placer estético, mejor que mejor.

Mariátegui señalaba que necesitamos "mitos" para asignarle un sentido a nuestras vidas. No estoy seguro de estar completamente de acuerdo con esa afirmación. Él creyó que en el arte y en la política podríamos encontrar estos ideales movilizadores. En efecto, en la literatura - así como en otras disciplinas y sistemas de creencias - podemos encontrar 'pequeñas narraciones' (para decirlo con Lyotard, quien nos ha prevenido acerca del potencial represivo y totalitario de los "grandes relatos") que puedan darle sentido a lo que hacemos. Sin embargo, al lado de estos relatos, requerimos la presencia del filtro de la reflexión, que purifica tales mitos de dogmmatusmos y confusiones. El pathos florece junto con la terapia conceptual que aporta el pensamiento. Ese trabajo crítico también lo encontramos en la literatura (y evidentemente, en la propia filosofía).

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13 mar. 2008

La importancia de las Humanidades en la construcción de ciudadanía democrática Por Gonzalo Gamio

Este es el texto de la Lección Inaugural del año 2008 enl a Universidad Antonio Ruiz de Montoya, que dicté el 12 de marzo. El tema es El cultivo de las Humanidades y la construcción de ciudadanía. Se trata de una defensa de la educación humanista en tiempos en los que proliferan las universidades empresa. La educación universitaria tendría que estar comprometida con una ética de la justicia y de la empatía implícita en una democracia sólida.

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15 feb. 2008

Los griegos y Nosotros. Reflexiones contemporáneas (y locales) sobre "La Orestiada" Por Gonzalo Gamio


Gonzalo Gamio Gehri


Leyendo ayer Perú 21 me encontré con la columna cultural de Alonso Alegría - Palmas y Palos -, en la que el artista y crítico peruano examina las obras teatrales que se exhiben en Lima. Señala que se estrena una nueva versión de la Orestiada, de Esquilo, puesta en escena por alumnos egresados de la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Se trata de una trilogía trágica conmovedora y poderosa, que nos mueve a la vez a la reflexión y a la compasión. No obstante, me llamó profundamente la atención el jucio categórico que el columnista hace sobre la posible recepción de la obra: “los siglos no pasan en vano y, ahora, el reto de cualquier montaje de estas obras es que sigan interesando esos seres humanos tan remotos que viven circunstancias tan ajenas”.

Esta vez me es inevitable discrepar con el agudo crítico. Estoy convencido de la absoluta actualidad del pensamiento ético implícito en la cultura clásica, en particular la tragedia. No en vano estas obras constituían un elemento fundamental de la pedagogía cívica del mundo griego. Los antiguos atenienses han destacado – como nadie antes ni después – el carácter desgarrador de los conflictos éticos, y su necesario examen a través del discernimiento práctico y la empatía. Nuestra vida sería más simple si en el mundo ordinario tuviésemos que elegir invariablemente entre el bien y el mal, pero no es así. Muchas veces tenemos que escoger entre cursos rivales de acción que percibimos rigurosamente como buenos y fecundos para la vida, de modo que las razones que sostienen el valor de la opción más poderosa no anula las razones que asistían al curso de acción alternativo. Aún eligiendo lúcidamente, lamentaremos no haber logrado contar con el bien perdido. De igual modo, afrontamos situaciones en las que no podemos eludir elegir entre cursos de acción que nos resultan dolorosas o desafortunadas, al punto de saber que no escaparemos del efecto negativo de sus consecuencias. Pensemos en el dilema de Antígona, o, sin ir muy lejos, al dilema trágico de la última segunda vuelta electoral, que nos invitaba a escoger entre Alan García y Ollanta Humala.

En fin, en esta clase de sabiduría vital los escritores griegos nos llevan la delantera, está claro. Pero estas reflexiones no tocan todavía la tesis de la nota de Alegría, según la cual la Orestiada constituye una obra inactual para nuestro mundo y nuestro país. Todo lo contrario. La distancia en el tiempo entre nosotros y Esquilo no constituye un obstáculo para que exista una conexión significativa entre los conflictos que nos ha tocado vivir y los que narra y examina el sabio dramaturgo. La trilogía se ocupa de los conflictos que experimenta Orestes, quien venga a su padre asesinado – Agamenón, el “rey de reyes” de la guerra de Troya – matando a su vez a su madre Clitemestra, que ha usurpado el trono de Argos en confabulación con su amante Egisto. Como consecuencia de su delito, Orestes es acosado por las erinias – las terribles diosas del castigo, servidoras de Dike, la justicia cósmica -. En su desesperación, el joven recurre a Atenea, diosa de la sabiduría, quien convoca a Orestes y a las erinias a Atenas, a comparecer ante un tribunal de sabios que evalúen cómo resolver el destino del príncipe argivo.

Lo que Atenea pretende es que este hecho de sangre – la muerte de Clitemestra -, que desde el punto de vista del ethos homérico se resolvía insertándose en la sanguinaria espiral de la venganza, se convierta en un litigio, un conflicto abordado desde el ejercicio de la deliberación pública. Ya no son los individuos involucrados en un asesinato los que toman la justicia por sus manos; es un ‘tercero’ – jueces y jurado – el que examina y emite un veredicto. La venganza se supera en la justicia pública. No es casualidad que Atenea haya elegido el Areópago como el lugar de edificación del tribunal. “Areópago” es literalmente “la colina de Ares”, un lugar donde se rendía culto al dios de la guerra cometiendo múltiples actos de violencia. Así, la diosa busca que el lugar dedicado a la violencia se convierta en el lugar en el que se cultive la racionalidad pública.

Puede perfectamente establecerse una analogía entre la trama de la última parte de la OrestiadaLas Euménides – y el proyecto planteado por la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR)[1]. En efecto, la ideología fundamentalista de Sendero Luminoso asumía la violencia como la "clave dialéctica" para resolver los conflictos sociales que azotaban del país. Esa violencia delirante y funesta desangró el país, y generó una represión militar que en determinados períodos y lugares fue manifiestamente lesiva de los Derechos Humanos. La CVR plantea en el tomo sobre Reconciliación la construcción de ciudadanía y la reforma de nuestras instituciones políticas como una de las vías para la reconstrucción de nuestra sociedad, golpeada por el terror y la exclusión. Se trata de afrontar nuestros conflictos en el país diverso que habitamos desde la deliberación (y la política ciudadana), abandonando la tenebrosa tentación de la violencia.

Me parece que el tema de la Orestiada encuentra una inusitada vigencia en las circunstancias que vivimos como país. Las circunstancias de esos seres humanos argivos y atenienses no nos son "tan ajenas", al contrario. Debería resultarnos particularmente interesante lo que Esquilo cuenta y discute en esta extraordinaria obra, porque evoca situaciones que nos son dolorosamente familiares. Los cantos de sirena de la violencia lamentablemente no han desaparecido del todo, y la tarea de convertir nuestra sociedad en una genuina comunidad política todavía queda pendiente. Diríase que – a casi cinco años de la entrega del Informe Final de la CVR – estamos precariamente instalados en este dilema. Por ejemplo, hace tiempo se decidió erigir la Alameda de la Memoria en el Campo de Marte, para contar con un lugar simbólico en el que podamos recordar a las víctimas y meditar (y dialogar) sobre la tragedia que hemos vivido. Campo de Marte es la traducción de la Colina de Ares, Areópago. El puente entre Esquilo y el Informe Final se tiende sin problema alguno. Hace unos meses, unos vándalos – posiblemente fujimoristas iracundos ante el anuncio de la extradición del ex presidente – forzaron la entrada de la Alameda y dañaron gravemente El Ojo que Llora. Tiempo atrás, el alcalde de Jesús María – miembro de Unidad Nacional – había sugerido la demolición del memorial, contando con el aplauso de los sectores más oscuros de la prensa nacional (y de la "clase política"). Estos hechos prueban que la opción por la memoria crítica y la racionalidad pública no ha sido elegida por una parte del país; está claro asímismo que una facción de nuestros representantes en el Legislativo y en el Ejecutivo propicia y alienta esa posición. Que afrontamos ineludibles conflictos éticos y políticos dignos de figurar en la tragedia antigua, no cabe duda. De que nos comportamos como personajes esquilianos, tampoco.


[1] Me he ocupado del tema de La Orestiada - en vínculo con el trabajo de la CVR – en Gamio, Gonzalo “La purificación del juicio político. Narrativas de justicia, políticas de reconciliación” en: Derecho & Sociedad Nº 24 pp. 378 – 389.

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22 may. 2007

Blogger no come blogger Por Silvio Rendon

Hemos visto cómo algunos periodistas desmerecen a los blogs e incluso creen que pueden copiar el trabajo ajeno sin mencionar la fuente: El periodismo peruano contra los blogs. Entonces hubo una reacción en cadena, que desde aquí activamente apoyamos, de una parte de los blogs peruanos en contra de tal pretensión. Y bien, pero ¿qué pasa cuando un blog copia íntegramente el contenido de un post o de un comentario aparecido en otro blog, y no menciona la fuente, no menciona al autor o la autora, ni la fuente original, tergiversa su contenido, roba su identidad y encima es un blog anónimo? Más aún, ¿qué ocurre cuando se trata de un blog que lo hace con fines comerciales, políticos o personales? ¿Cuál es la diferencia con que lo haga un periodista? Pues, por lo visto, mucha. No hay la reacción en cadena que hubo como en el caso de los periodistas: así como en el congreso peruano otorongo no come otorongo, parece que en la blogósfera peruana blogger no come blogger. Es de muy mal gusto que un blog denuncie a otro blog por este tipo de prácticas. Eso ya es censura y, por el contrario, la reacción en cadena va en sentido contrario. Hay pues, un doble rasero en este tipo de asuntos. Mal.

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20 abr. 2007

Pensamiento Sifuentes Por Daniel Salas

El periodista Marco Sifuentes ha propuesto estas dos máximas como principios éticos de los blogs: “Haz lo que quieras” y “No dejes que nadie arruine tu blog.”

Me asombra la agudeza de este blogger y periodista. Porque en su mundo no existen ni Aristóteles, ni Kant, ni Levinas, ni Wittgenstein. Esto no tendría nada de raro si se tratara de un iletrado, de una persona carente de la oportunidad de haberse formado. Pero no es así. Marco Sifuentes ha pasado por la universidad. Dan ganas de decir que algo se pudre en Pando pero parece más bien que hay una corriente generacional hegemónica a partir de los 90 que quiere arrasar con el pensamiento crítico y la formación humanista.

Hace un mes, Cecilia Valenzuela (pero, claro, ella pertenece a mi generación) metía en el mismo saco a un canalla como Vladimiro Montesinos y a un clásico como Nicolás Maquiavelo. Y en el debate sobre “El hombre del año”, dos o tres bloggers formados en la universidad aceptaban sin la menor crítica la opinión suprema de una revista como Time. Se extrañan los tiempos en los que los universitarios criticaban todo, descreían de los medios y exigían saber más. Se extraña, digo, porque ahora, si seguimos a algunos líderes de opinión como Marco Sifuentes, parece que no es así. Ya que no puede tratarse de ignorancia, sí puede haber un cambio de actitud hacia una una nueva sensibilidad dentro de la cual reflexionar y criticar es lo de menos. Pero quiero creer que esto es solamente una ilusión. Quiero creer que hay otros de su misma generación que sí están comprometidos con el pensamiento y la reflexión.

Hay varios asuntos que Sifuentes no entiende o no quiere entender y por eso me tomo el trabajo de explicárselos, aunque tal vez sea un esfuerzo vano:

“Haz lo que quieras” no es una regla de ningún tipo. Las reglas suponen restricciones porque allí está su sentido. Son necesarias para la convivencia, para sumar y restar, para ir de compras. Sin reglas, el mundo ético desaparece, también el mundo de la ciencia y el lenguaje. Las reglas son necesarias básicamente porque existen los otros. Y esto último tiene al menos dos sentidos: por un lado, las reglas permiten construir la intersubjetividad; por otro lado, las reglas dan sentido a lo que hacemos y a lo que pensamos. Por eso Wittgenstein rechazaba la existencia de lenguajes o de éticas privadas. Aún si Wittgenstein estuviera equivocado y los chomskianos estuvieran en lo correcto (lo que tiendo a creer), algunas reglas seguirían existiendo como principios cognitivos y otras como aplicaciones para la vida práctica.

La ética no consiste en definir lo que puedo hacer sino lo que debo hacer. Y quien no quiera entender la diferencia, vive en la pura irresponsabilidad moral. Hay muchas cosas que puedo hacer: puedo insultar a mis amigos, hablar mal de ellos a sus espaldas, incordiarlos, sembrar cizaña. Puedo especular sobre sus vidas, revelar datos de su vida privada, discriminarlos por su raza. Puedo usar los blogs para promover la violencia, para dañar a personas de ciertas razas, para insultar a las mujeres. Nada de esto me llevaría a la cárcel ni me costaría una multa.

Por tanto, un código ético no es un código penal. Sigue siendo inverosímil que un periodista no sepa la diferencia entre uno y otro. Cuando mi amigo Gustavo Faverón planteó establecer un código de conducta, en ningún momento propuso que se convirtiera en un código de criminalización. Yo defiendo exactamente la misma postura. Digamos que uno puede, como propone Sifuentes, “hacer lo que quiera.” Pero hay quienes creemos que nos podemos exigir más, que es posible comportarse de acuerdo con un estándar más alto. Como a Sifuentes parece interesarle más el rating y sólo le importa la ética de los demás y no la suya propia, tal propuesta le repugna. En fin, allá él. Es verdad que él puede hacer con su blog lo que quiera, a riesgo de que lo consideremos un irresponsable. Pero es completamente falso que se quiera censurar a nadie.

Como lo explica muy bien Susana Frisancho en su blog, la ética no se construye con consignas, ni con imposiciones, sino mediante una educación dirigida por la reflexión. Las personas moralmente más complejas son las que han aprendido a reflexionar mejor sobre las consecuencias de los actos y el sentido de los valores. Mucho me temo que la palabra “reflexión” se ha vuelto anacrónica. “No dejes que nadie arruine tu blog” me suena a mí a una apología de autismo moral. Parece querer decir que, una vez que he construido mi mundito por el que soy admirado y querido, nadie puede venirme a cuestionar lo que hago. Hace mucho tiempo, arruiné el blog de un grupo de racistas y homofóbicos que se hacían pasar por críticos contraculturales. Y lo hice con argumentos, sin reclamar sobre ellos censura. Supongo que para Marco Sifuentes este es un ejemplo de lo que no se debe hacer. Para él, cada uno debería vivir en su corralito de ilusiones y mentiras, expresando sus resentimientos y respondiendo con insultos a todo aquel que quiebre su simple paz. Para él, no parecen ser relevantes ni las ideas, ni la crítica, solamente el poder de la expresión. ¿Es ese un mundo en el que queremos vivir?

Foto: Ni Kant, ni Levinas, ni Wittgenstein: haz lo que quieras.

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17 abr. 2007

¿Quién es el Dr. César Nakasaki? Por Giovanna Aguilar

Es el abogado del prófugo Alberto Fujimori
Es el abogado de los deudos de la tragedia de la discoteca Utopía
Fue el abogado de Magaly Medina en el caso de la bailarina Mónica Adaro
Y ahora es el abogado de los deudos de la tragedia de Mesa Redonda ´










César Nakasaki, abogado de muchas causas...

Este personaje parece haberse convertido en el abogado de las tragedias personales y colectivas. Defiende a muchos con distintas causas: desde el poderoso y corrupto
ex-presindente Alberto Fujimori hasta los menos influyentes como los deudos de la tragedia que ocurrió hace cuatro y años y poco, en la zona céntrica de Mesa Redonda. ¿Es que no hay otros abogados que puedan representar causas legítimas como las tres últimas mencionadas?. Pareciera que no, en un país donde la oferta de abogados es casi infinitamente elástica. ¿Será más bien que es un abogado influyente, muy bien conectado con el oscuro poder judicial peruano, capaz de asegurar el triunfo en la mayoría de las causas que él defiende?. ¿Se puede defender a quien sea bajo el amparo de ejercer la profesión de manera independiente una profesión y llamarse “un técnico”?.

Este caso me hace pensar en muchos supuestos personajes que se declaran “técnicos independientes”, que han trabajado y trabajan para distintos regímenes de gobiernos y que se dicen absolutamente exentos de toda responsabilidad en malos manejos de recursos públicos, tráficos de influencias, etc. Me lleva a pensar y a cuestionar, dónde se sitúa la delgada línea de la ética que divide a los mercenarios de los profesionales con ética y con valores que no serían capaces de trabajar para oscuros objetivos de un lado, y del otro, a aquellos que son verdaderos “profesionales a sueldo” que callan y otorgan.

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